El rumor de la frontera

La fascinación es niña. Mi primera frontera fue la de Portugal. En aquella época perdida entre nieblas y espectros, el extranjero resultaba tan enigmático como la carne de las mujeres, y los grandes hoteles de Oporto y de Lisboa pasajes a un mundo extraordinario en el que todo lo devorado irrestrictamente en los libros cobraba vida instantánea, terrible y maravillosa. Cuando regresábamos a España no habíamos crecido lo bastante para poder elegir la ruta y el momento, y el coche que conducía mi padre, un Tiburón, era una fortaleza que parecía proteger de todas las asechanzas del futuro. Pero siempre que cruzábamos la frontera en sentido inverso era domingo por la noche, llovía, y a raia rezumaba una incurable melancolía. Las fronteras no han dejado desde entonces de atraparme como si tras su línea de puntos en los mapas se escondiera una verdad íntima y universal, tanto las fronteras que son metáfora como las concretas e infranqueables del extinto telón de acero. La que cose a México con Estados Unidos ha estado en el corazón de mi deseo por razones que uno puede sospechar, pero que nunca se habrán de esclarecer o de desvelar del todo. Porque no es posible. Lo escribe mejor Cormac McCarthy en su novela titulada precisamente «En la frontera»: «Usted cree que debe quedarse donde está. Lo que creo es que los muertos no tienen nacionalidad (…) El mundo no tiene nombre, dijo. Los nombres de los cerros [en español en el original] y de las sierras y los desiertos sólo existen en los mapas. Los nombramos para no extraviarnos. Y sin embargo empezamos a inventar esos nombres porque ya nos habíamos extraviado».

El rumor de la frontera

La frontera desgarra y cose, puede ser herida, arbitrio, pacto, una convención casi siempre forzada por la historia y por las armas, puerta y talud, abismo y puente: una línea imaginaria que transcribe accidentes naturales y referencias astronómicas para luego nutrir todas las escalas de los mapas que nos han atraído desde niños como los faroles a las polillas.

[…]

[citando a Cormac McCarthy:] “Donde todo se sabe no hay narración posible”.

[…]

En palabras de Robert K. Ressler, el célebre superdetective del FBI contratado por las autoridades de Chihuahua, el caso del feminicidio de Juárez constituye una auténtica dimensión crepuscular, desconocida”, ya que en él conviven la tecnología punta de las cadenas de montaje multinacionales (maquilas), la pobreza más extrema, el paso constante de emigrantes que buscan una vida mejor al norte de la línea, el crimen organizado, el narcotráfico y todas sus ramificaciones, y donde los que resisten lo hacen organizándose al margen de un Estado que no sólo no les ampara sino que aparece como cómplice del mal. El rumor de la frontera se hace aquí odioso, insoportable. Cuando volvemos a cruzar la aduana por el puente de Santa Fe, lo que sentimos no es alivio, sino un cansancio incurable. La geografía del mal está poblada de inocentes que se niegan a ser aplastados, como Julia Caldera [madre de una de las víctimas de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juarez]. “La única forma de acabar con la tortura es castigando a los torturadores”, atina Máynez. La única forma de acabar con la impunidad, con la maldición, con una geografía de polvo donde el crimen es una flor de sangre que rebrota cada noche.

[…]

Esta frontera es una animal terrible que miles tratan de salvar cada día para ingresar en el engranaje productivo de la mayor potencia de la Tierra, juegan al gato y al ratón con una patrulla de fronteras incapaz de represar el mar pese a los miles de millones invertidos desde que Bill Clinton buscó la rentabilidad electoral de “aguantar la línea” e hizo que coyotes y polleros arrearan sus recuas humanas por cañones y desiertos infernales. Al final de este viaje, el rumor de la frontera es casi inaudible, pero tiene que ver con el deseo perfectamente humano de cambiar un destino demasiado cruel. Por eso este relato siempre se quedará incompleto. La frontera es, también, un impulso a ir más allá, a modificar lo que es fruto de la lógica de la historia, una máscara de colmillos de hierro viejo.

Alfonso Armada: El rumor de la frontera (Península – Altaïr Viajes)

Cuadernos africanos, otra obra de Alfonso Armada en OTRA FORMA DE MIRAR

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Esta entrada fue publicada el enero 26, 2010 a las 5:02 pm. Se guardó como Lecturas, Narrativa y etiquetado como , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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