Postales desde la tumba

He sobrevivido. ¿Mi nombre? Podría ser cualquiera: Muhamed, Ibrahim, Isak, no importa. Yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte. Procedo de Srebrenica. En realidad, procedo de otra parte, pero elegí ser de Srebrenica. Es el único lugar del que me atrevo a ser, igual que fue el único al que me atreví a ir, en un tiempo en el que no osé ir a ningún otro sitio. Precisamente por eso creo que el lugar de nacimiento, en comparación con el de la muerte, carece de importancia. El primero no dice nada sobre nosotros, es un mero dato geográfico; el lugar donde se muere, en cambio, lo dice todo sobre las convicciones, creencias y elecciones que hemos hecho y mantenido hasta el final, hasta el momento en que nos alcanza la muerte.

Quizá todo esto es una equivocación; quizás, a pesar de todo, no se puede elegir el lugar donde se muere, igual que no se puede elegir el lugar donde se nace. Sin embargo, ellos murieron donde habían nacido, donde en los años de guerra habían buscado y encontrado refugio, donde habían vivido una agonía colectiva día tras día. Ellos eligieron Srebrenica para sobrevivir y eso hace su muerte aún más horrible.

[…]

En la muerte, más exactamente en el instante en que dejamos de existir, no hay diferencia: la cámara de gas, la ejecución en masa o el infame brillo del filo de la navaja en la oscuridad, el doloroso jadeo o gorgoteo y la cuchillada final. Diez mil personas, diez mil ataúdes, diez mil lápidas, ¡diez mil! De esta muerte se sabe todo, o por lo menos hoy todos fingimos querer saberlo; violamos sus muertes en las columnas de periódico, sin preguntarnos por sus vidas. No sabemos nada de estas personas, que no fueron ni más in menos maravillosas que otras, ni más buenas ni más malas. Fueron maravillosas en la medida en que fueron humanas. Y en la medida en que yo las conocía.

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Muchas vidas se perdieron precisamente por la imprevisión con la que caían las granadas, la falta de costumbre y la resistencia a aceptar el hecho de que se habían convertido en parte de nuestra vida. En la pequeña plaza del centro, pegados, mejor dicho, clavados con la metralla a las paredes de un edificio y de un kiosco, colgaban los restos de una mujer asesinada durante los primeros meses de la guerra cuando regresaba del mercado llevando en la mano una bolsa con sus escasas compras. Miles de personas pasaban diariamente por esa misma plaza y a nadie le llamaban la atención los pedazos de su cuerpo, podridos con el paso del tiempo. Nos acostumbrábamos con más facilidad a la muerte que a aquello que la traía. La muerte era aceptable, pero no así el miedo a ella.

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Muchos de los rechazados lloraban, se aproximaban a mí, me ofrecían dinero, recordándome que eran familiares de gente que yo conocía, intentaban obtener el papel blanco de salvación que los llevaría fuera de Srebrenica. Yo contestaba a todos que no podía ayudarlos, que sólo traducía y que, si de mí dependiera, yo los metería a todos en el helicóptero y los sacaría de allí. Se acercaba el mediodía y el reconocimiento también llegaba a su fin. Los heridos restantes, que habían sido rechazados, se negaban a abandonar la plataforma de delante del hospital, con la esperanza de que alguien tuviera piedad de ellos.

La doctora tenía todavía unas papeletas. Cogió una, escribió algo incomprensible y me lo dio diciendo: “Tú también puedes irte si quieres”. Me levanté de la mesa, caminé entre la multitud mientras la papeleta me quemaba la palma de la mano sudorosa y entonces me decidí. Me aproximé a un hombre de la masa, al que conocía porque era un pariente lejano de mi madre, y le dije: “¡Rifet, ten esto!”.

No se lo podía creer, cojeaba detrás de mí para darme las gracias; sus padres salieron de alguna parte y también querían mostrarme su gratitud, y yo, sin embargo, sentía náuseas. Lo único que quería era encontrar un rincón donde vomitar, echar mis entrañas, expulsar todo lo que había vivido, y todo lo que había visto ese día y los anteriores.

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Había sido uno de los últimos ataques a la ciudad, pero nunca antes había habido tan gran número de víctimas. Sólo cuatro granadas cayeron en el patio delante del colegio -las cicatrices que dejaron en la superficie todavía se encuentran allí, igual que la alta valla de color blanco agujereada por la matralla-, pero fueron a estallar directamente contra la multitud. Trozos de hierro ardiente se dispersaron arrancando trozos de cuerpos humanos. La muerte que provocaban los proyectiles siempre me recordaba cuán frágiles somos, y las heridas de la metralla nunca dejaron de estremecerme. Después de la explosión de las cuatro granadas quedaron sobre el hormigón un centenar de jóvenes muertos, sorprendidos cuando corrían detrás de la pelota, y quién sabe cuántos mutilados que no pudieron ingresar en el atestado hospital. En este mismo campo hoy juegan otros niños. No puedo evitar pensar que cada vez que salen al recreo y se ponen a jugar al fútbol, están lanzando la pelota por encima de las sombras de gente a la que yo quería.

[…]

No sé la razón, pero sé que nos destruyeron como personas mucho antes de que nos destruyeran como comunidad. Nos aniquilaron de varias maneras, diseminados, completamente solos, daba igual donde nos encontrásemos, incapaces de sentir porque desde la caída de Srebrenica todos los sentimientos nos parecían mediocres, casi como una carga. Desde entonces engaño a los nuevos hombres y mujeres de mi vida. Los engaño con los muertos. Por alguna razón sólo allí, entre los recuerdos, entre las sombras, me siento mejor.

[…]

Aparece en la esquina, sonriendo, tal vez dirigiéndose a su familia, seguro de que ellos nunca verán esta imagen, pero como si presintiera que es el único documento, la única prueba de su existencia. En esta foto él no tiene nombre, es sólo un desconocido, un intruso en una foto ajena, porque no se podía permitir pagar diez marcos por una fotografía. Ésta es la gente en la que pienso, figuras sin nombre ni identidad que se convertirán en números anónimos. Cuántos de ellos estuvieron allí, cuántos no aparecieron allí donde habían estado el día anterior y no los echamos de menos porque otros ocuparon sus sitios para desvanecerse igualmente. Desaparecían en silencio, tan sigilosos como lo había sido su existencia, como si no hubieran hecho más que dejar de pasear por el mercado mirando con ojos hambrientos todo lo que no podían comprar.

Emir Suljagic: Postales desde la tumba (Galaxia Gutenberg)

Esta entrada fue publicada el noviembre 26, 2007 a las 10:05 am. Se guardó como Lecturas, Narrativa y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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