Husos

Soledad de pensar la importancia de cada instante que vivo en el tiempo del instante, ni siquiera límite, inextenso, en sí mismo fin en su comienzo, acabándose en cada uno de los gestos, en cada instante del gesto.
La importancia de levantar la mirada y posarla en un instante del gesto, de dirigir la mano que escribe o la palabra, de acabar lo que, apenas iniciado, incipiente aún, ya acaba.
La importancia de cada instante que comparto sin decidir compartirlo, de cada palabra que dirijo a quienes no la atesoran. Palabras que se condensan como el aliento de un ser que muere.

Husos. Notas al margen (Chantal Maillard)

He comprendido el milagro. Vuelvo a la superficie. Ningún dios me ampara.

[…]

Aspiro a la pobreza extrema del entendimiento.

[…]

Mantenerse en superficie. Para sobrevivir. Ahuyentando imágenes como si fuesen osos merodeando en torno a los despojos. Osos que bajan de las montañas o que vienen de las estepas heladas para alimentarse de pasado. Las sobras de los vivos, los que saben vivir en superficie, los que pueden, aún.

[…]

¿Hay acaso peor fundamentalista que el converso? Te ofrecen un té y te niegan la hospitalidad del corazón; te abren la puerta de su casa y ésta se convierte en una trampa.

En el huso de la cólera.

El huso de la cólera tiene túneles que conducen al de la tristeza. Porque quien se encoleriza se siente agredido. ¿De qué te estás defendiendo?, le pregunto al colérico, ¿qué está en juego?

En el huso de la cólera, aún, saco la cabeza y observo. Sé que luego sobrevendrá la tristeza. Porque no hay defensa posible ante lo irracional. Y por la soledad, después de la agresión. Porque siento la agresión como un rechazo. Y, no obstante… ¿Qué defiendes?, pregunto al agresor, pues el agresor se siente igualmente agredido, afianza su territorio tratando de arrasar el ajeno. Para el converso, el otro es el enemigo. El buscador de paraísos siempre teme perder el que cree haber encontrado, tan endeble es. Se siente agredido por quien no los busca.

No son las palabras, son los sentimientos el diálogo. Importa no entrar en el huso.

En el huso de la cólera, porque también yo me siento agredida. Residuos de una fe distinta: la del ser racional que no admite la incoherencia o la falta de visión imparcialmente crítica.

En el huso de la racionalidad, el discurso. Fuera del discurso, la comparsión: el miedo a desaparecer nos hace débiles.

Dejo el segundo vaso de té apenas servido en la mesa, agradezco comedidamente y, sintiéndome intrusa, me despido.

[…]

Hubo un tiempo en el que un niño, abstraído en un color, podía atender a la realidad aún no contada y, en lo inmóvil, aprender el ritmo de las cosas. Ahora, los niños reciben un mundo enriquecido como los productos lácteos. Un mundo saturado de historias. Las madres les compran el x en forma de z porque la metáfora despierta en ellas levemente el placer intelectual que el movimiento analógico produce. Levemente, porque las metáforas kitsch de los productos comerciales son metáforas degradadas. Y sus hijos viven el mundo historiado en una sobreabundancia de animacion que les deja -ésa es la intención de la economía de consumo- profundamente insatisfechos, requiriendo otros pasatiempos.

[…]

siendo la calma aquel estado en el que todos los estados emocionales vuelven a sumergirse y del que todos brotan -el lago en calma que se encrespa con el viento y se apacigua en cuanto deja de haberlo- es difícil considerarlo como una emoción más. Más bien debería entenderse como el estado neutro en el que cualquier emoción puede brotar.

[…]

La idea del miedo filtrándose como agua sucia por los poros. Hacia dentro.

La idea del miedo que levanta el miedo, que ya es miedo.

Me sujeto con los dientes a la primera rama que encuentro. La idea de dejar de ser es absolutamente inabordable.

[…]

Hay quien repite durante toda su vida las mismas pocas frases. Hasta que éstas logran definir su existencia.

[…]

Todo lo que tiene poder ha sido investido por otros. No hay dios cuyo poder no se sustente en la fe de sus fieles.

[…]

Si perdiésemos el miedo a morir, seríamos inmortales.

[…]

En vez de rechazar, observar. Ante cualquier fenómeno de masas, en vez de rechazarlo, observar las causas. Reemplazar la emoción personal por la neutralidad del observador. Proceder de igual manera ante las agresiones personales.

[…]

La infancia… Los poetas la cantan hasta la saciedad. No saben qué recuerdan, nombran un objeto u otro, un lugar, un sabor, lo nombran con nostalgia. La expresan, la nostalgia. Rara vez saben que recuerdan otra cosa, algo que acompaña aquel trompo, aquel juguete, aquella risa, aquella voz, algo que acompaña aún, leve, inasible, la imagen de los objetos. Lo que recuerdan es el gozo, el gozo interrumpido que ha quedado atrapado en las imágenes y que aguarda, en la memoria del cuerpo, en los poros del mundo, a que lo recobremos.

Chantal Maillard: Husos. Notas al margen (Pre-Textos)

Esta entrada se publicó el diciembre 27, 2006 en 9:06 pm y se archivó dentro de Lecturas, Narrativa. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s