Suite Francesa

Que ellos vayan donde quieran, yo haré lo que me apetezca. Quiero ser libre. Me importa menos la libertad exterior, la libertad de viajar, de irme de esta casa (¡aunque sería una felicidad indescriptible!), que ser libre interiormente, elegir mi propio camino, mantenerme en él, no seguir al enjambre. Odio ese espíritu comunitario con el que nos machacan los oídos. Los alemanes, los franceses, los gaullistas, todos coinciden en una cosa: hay que vivir, pensa, amar como los otros, en función de un Estado, de un país, de un partido. ¡Oh Dios mío! ¡Yo me niego! Soy una pobre mujer, no sirvo para nada, no sé nada, ¡pero quiero ser libre! Esclavos, nos han convertido en esclavos -pensó Lucile-. La guerra nos manda a este sitio o al otro, nos priva del bienestar, nos quita el pan de la boca… Que me dejen por lo menos el derecho de enfrentarme a mi destino, de burlarme de él, de desafiarlo, de eludirlo, si puedo. ¿Una esclava? Mejor eso que ser un perro que camina detrás de su amo y se cree libre. Ellos ni siquiera son conscientes de su esclavitud -se dijo al oír el ruido de los hombres y los caballos-, y yo me parecería a ellos si permitiera que la piedad, la solidaridad, el "espíritu de la colmena", me obligaran a renunciar a la felicidad". Aquella amistad entre el alemán y ella, aquel secreto compartido, un mundo oculto en el seno de aquella casa hostil, ¡qué dulce era, Dios mío! Sólo gracias a eso seguía sintiéndose un ser humano, orgulloso y libre. No permitiría que nadie invadiera lo que era su territorio exclusivo. "¡A nadie! ¡No le importa a nadie! ¡Que luchen ellos! ¡Que se odien ellos!

[…]

-¿Y mañana? ¿Mañana? -murmuró Lucile, y de pronto una sonrisa traviesa, atrevida, voluptuosa, la transformó súbitamente como el resplandor de una llama que ilumina y altera un rostro. A la luz de un incendio, las facciones más suaves adquieren un aspecto diabólico que atrae y da miedo. Lucile salió de la habitación sin hacer ruido.

[…]

Quieren hacernos creer que vivimos en una época comunitaria en la que el individuo debe perecer para que la sociedad viva, y no queremos ver que es la sociedad la que perece para que vivan los tiranos.

Irène Némirovsky: Suite francesa (Salamandra)

Esta entrada se publicó el mayo 12, 2006 en 10:19 pm y se archivó dentro de Lecturas, Narrativa. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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