Looking at photographs (IV)

Las nuevas revistas ilustradas que florecieron en los años 30 predicaban la idea de que si una imagen valía más de mil palabras, diez imágenes compondrían una historia corta. Esta teoría ignoraba el hecho de que las mil palabras que vale la imagen son principalmente nombres y adjetivos, y una historia necesita verbos.

A pesar de las frecuentes declaraciones en sentido contrario, la fotografía nunca ha tenido mucho éxito contando historias. Esto no es sorprendente si uno considera los fragmentos aislados fuera de una continuidad de tiempo -lo que hacen las fotografías- como algo muy cercano a lo contrario de lo que hace la narración. En cualquier caso el intento de hacer que las secuencias de fotografías contaran historias fue un interesante experimento. En los primeros días del género muchos reportajes fueron llamados “Un día en la vida de un jockey”, o algo así, y parecían invariablemente comenzar con una fotografía del sujeto apagando un despertador. Otras fotos del sujeto entrando y saliendo de lugares como la cama, la casa, el coche, la oficina, y otros así, producían una especie de línea narrativa, pero las historias eran muy simples, y las fotografías generalmente aburridas.

Los fotógrafos gradualmente fueron reconociendo esto, y los mejores de ellos comenzaron a subvertir la idea de la narración, y a hacer en su lugar fotografías que registraran la cualidad de un momento particular.

David Douglas Duncan - Capt. Ike Fenton, No Name Ridge, Korea, 1950

David Douglas Duncan - Capt. Ike Fenton, No Name Ridge, Korea, 1950

Cuando David Douglas Duncan fotografió la guerra de Corea, encontró que las historias eran en su mayoría irrelevantes, incluso falsas. Lo que era relevante y verdadero era el esfuerzo de los hombres para preservar sus vidas y si era posible su honor bajo circunstancias que convertían ambos objetivos en muy difíciles.

Cuando Duncan publicó sus fotos de Corea en su libro This is War!, reprodujo las imágenes sin pies de foto. El texto que escribió estaba separado e independiente de las imágenes, pero de él se puede deducir que el hombre de esta fotografía es el capitán Ike Fenton, Comandante de la compañía Baker, primer batallón, quinto regimiento de los Marines. La fotografía fue hecha en septiembre de 1950, en el tercer mes de la guerra, mientras la compañía de Fenton estaba atacando una colina frente a una fortaleza llamada el cerro Sin Nombre. La acción duró menos de un día, y las bajas fueron importantes. La colina fue tomada. La fotografía no prueba ninguno de estos actos, ni indica si la victoria fue importante, pero sugiere algo de su precio.

[…]

Clarence John Laughlin - The Language of Light, 1952

Clarence John Laughlin - The Language of Light, 1952

Muchas de las fotografías de Clarence John Laughlin muestran en realidad fantasmas: damas transparentes pero sin embargo corpóreas envueltas en hojas o en camisones, apareciendo detrás de los monumentos de piedra o de columnas jónicas y otras reliquias de la decadencia del Viejo Sur. En otras imágenes de Laughlin, como en la de aquí, los fantasmas han huido, y sólo se mantiene el patrón de su hechizo.

Cualquier niño en cama en la convalecencia perezosa y lujosa del sarampión o la varicela, medio borracho del té y la limonada caliente,aprende que el espacio entre la sombra de la ventana y la cortina es un lugar mágico, poblado por espíritus que se desplazan, emiten su sombra líquida en la pantalla y puntean sus mensajes secretos en el marco de la ventana. Hubo un tiempo en que cada uno de nosotros estaba abierto a estos dramas de los sentidos, revelados en términos que eran triviales y efímeros: el reflejo del espejo de mano en el tocador, trazando lentamente su curso elíptico a través del techo.

Muchos de nosotros nos olvidamos de la existencia de esas experiencias cuando aprendemos a medir las prioridades de la vida práctica, algunos de nosotros recordamos su existencia pero encontramos que en la luz del díase han vuelto tan tímidas y evasivas como el zorzal ermitaño, unos pocos, a quienes llamamos artistas, mantienen una intimidad fácil con las maravillas de la simple percepción. En este siglo muchos de ellos han sido fotógrafos, y la exploración de nuestra experiencia sensorial fundamental ha sido en gran parte su trabajo. Es la fotografía la que ha continuado enseñándonos el placer y la aventura de la mirada desinteresada.

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Harry Callahan - Eleanor, Port Huron, 1954

Harry Callahan - Eleanor, Port Huron, 1954

El trabajo de Harry Callahan es una excepción, ya que nos atrae cada vez más insistentemente hacia el centro de su sensibilidad privada. Esta sensibilidad se expresa en su percepción de una materia que es muy personal y restringida en su ámbito. Durante treinta años Callahan ha fotografiado a su esposa e hijo, las calles de las ciudades en las que ha vivido, y los detalles de los paisajes pastorales a los que periódicamente ha escapado – materiales tan a mano, tan universales y accesibles, obviamente, que uno podría suponer que un fotógrafo dedicado podría agotar sus posibilidades en una fracción de ese tiempo. Sin embargo, Callahan ha convertido repetidas veces estas experiencias simples en nuevas en virtud de la precisión de sus sentimientos.

El punto no es simplemente que Callahan haya respondido fielmente como fotógrafo a la calidad de su propia vida, o simplemente, incluso, que la fotografía haya sido su método de enfocar el sentido de esa vida. El punto es que la fotografía de Harry Callahan ha sido una forma de vida – su camino de encuentro y de hacer las paces con el día.

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Robert Doisneau - At the Cafe, Chez Fraysse. Rue de Seine, Paris, 1958

Robert Doisneau - At the Cafe, Chez Fraysse. Rue de Seine, Paris, 1958

Una fotografía es sobre lo que parece que es, y esta fotografía es sobre una seducción potencial.

Uno es tentado de pensar que ni siquiera los fotógrafos del siglo XVIII representaron nunca este tema tan bien. La opinión secreta de la chica sobre lo que sucede hasta ahora está oculta en su espléndido autocontrol; por el momento ella disfruta la seguridad del poder absoluto. Un brazo protege su cuerpo, su mano toca su vaso tan tentativamente como si se tratara de la primera manzana. El hombre por el momento está sin defensa y vulnerable; empalado en el gancho de su propio deseo, ha gastado todos sus recursos, y no le queda ninguna retirada honorable. Peor aún, él es mayor de lo que debería ser, y sabe que de uno modo o de otro la aventura acabará mal. Para contener ese presentimiento, está bebiendo su vino más rápidamente de lo que debiera.

La fotografía sin embargo se opone a preguntar sobre el futuro. Esta pareja, aunque menos romántica que los amantes de la urna de John Keats, está igualmente a salvo, aquí en la fotografía, de las consecuencias de la vida real.

[…]

Continuará…

Textos traducidos de la obra de John Szarkowski: Looking at Photographs (MOMA)

 

Esta entrada fue publicada el diciembre 23, 2010 a las 8:00 am. Se guardó como Fotografía, Lecturas, Miradas y etiquetado como , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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