Una temporada de machetes

De todos los libros que he estado leyendo sobre el genocidio de Ruanda, ninguno me ha golpeado tanto como la obra de Jean Hatzfeld Una temporada de machetes.

Una temporada de machetes es un conjunto de entrevistas a un grupo de participantes en el genocidio ruandés de 1994. Agricultores -casi todos sin ninguna implicación política- que pasaron semanas recorriendo los pantanos buscando y asesinando a los tutsis -sus vecinos- que se ocultaban allí. Hatzfeld realiza un retrato estremecedor, sabiendo que ofrecer la palabra a los asesinos le coloca sobre una delgada línea que le puede convertir en cómplice de la mentiras y justificaciones que acechan tras sus palabras.  Es la experiencia de Hatzfeld al lado de las víctimas -que habían protagonizado su libro anterior- la que le protege en una empresa tan arriesgada, consiguiendo desarrollar un proyecto que trasciende las clásicas barreras entre el género periodístico, el ensayo y la narrativa. Una temporada de machetes es un libro doloroso y capítulos como En busca del justo son un monumento a la dignidad arrasada por la barbarie.

Las palabras de los asesinos -incluyendo sus silencios e insinuaciones- son la mejor lección sobre el genocidio ruandés. Una lección sobre la naturaleza humana, escalofriante, sangrienta y maloliente, como los cuerpos de los tutsis que dejaron rajados en los pantanos.

Una temporada de machetes

LA ORGANIZACIÓN

PANCRACE: Durante esa temporada de matanzas, madrugábamos más que de costumbre, para comer mucha carne, y nos íbamos hacia el campo de fútbol a eso de las nueve o las diez. Los jefes echaban la bronca a los que se retrasaban y nos íbamos a atacar. La norma número uno era matar. Norma número dos no había. Era una organización sin complicaciones.

PÍO: Nos despertábamos a las seis. Comíamos pinchos y cosas nutritivas porque nos iban a pedir caminatas muy largas. Nos encontrábamos en el centro comercial y nos íbamos, charlando, al campo de fútbol. Allí decían las consignas para las matanzas y los itinerarios del día; y caminábamos registrando la espesura hasta llegar a los pantanos y los bajíos. Hacíamos una cadena para meternos en los papiros y el barro. Luego nos separábamos en grupos pequeños de conocidos o de amigos.

[…]

FULGENCE: El 11 de abril, el concejal de Kibungo mandó a sus recaderos para que citasen arriba a todos los hutus. Habían llegado montones de interahamwe en camiones y autobuses que se apiñaban en bocinazos por los caminos. Era igual que el barullo de una ciudad.

El concejal nos dijo a todos que a partir de ese momento teníamos que dedicarnos sólo a matar tutsis. Entendimos muy bien que era un programa definitivo. El ambiente había dado un vuelco.

Ese día, personas mal informadas subieron a la reunión sin traerse el machete o alguna herramienta cortante. Los interahamwe los riñeron; les dijeron que por esa vez valía, pero que no se repitiera. Les dijeron que se armasen con ramas y con piedras e hicieran barreras en retaguardia para impedir que pasasen los que fueran huyendo. Más adelante, unos fueron cabecillas y otros tropa, pero a nadie se le volvió a olvidar el machete.

[…]

LA PRIMERA VEZ

PANCRACE: Ya no me acuerdo de la primera persona a la que maté, porque no la identifiqué entre el gentío. Tuve la suerte de matar a varias personas sin mirarlas a la cara. Quiero decir que yo hería y alguien gritaba, pero los alaridos venían de todos lados; así que era un lío de golpes y gritos que se repartían entre todo el mundo.

Pero sí que me acuerdo de la primera persona que me miró, en el momento de asestarle el golpe sangriento. Eso sí que fue algo. Los ojos de la persona a la que matas son inmortales si te miran de frente en el momento fatal. Son de un color negro terrible. Impresionan más que los chorreones de sangre y que los estertores de las víctimas, incluso entre un barullo grande de muerte. Los ojos de los asesinados son una calamidad para el asesino si los mira. Son el reproche del muerto.

[…]

JEAN-BAPTISTE: Volvíamos de los pantanos. Unos jóvenes registraron la casa de un señor que se llamaba Ababanyingabo; estaban con la mosca detrás de la oreja porque a ese hutu de Gisenyi se lo veía mucho con los tutsis y era posible que les ofreciera trabajar para ellos. Descubrieron que había ayudado a algunos tutsis a ocultar sus vacas. Detrás de la casa, en un cercado, creo. Rodearon al hombre para inmovilizarlo; y oí mi nombre.

Me nombraban porque sabían que estaba casado con una tutsi. Se iba extendiendo la noticia de la situación de Ababanganyingabo; la gente esperaba. Estaban calientes porque habían matado a unas cuantas personas. Alguien dijo ante el auditorio: “Jean-Baptiste, si quieres salvar la vida de tu mujer, Spéciose Mukandahumga, tienes que rajar a este hombre ahora mismo. Es un tramposo, demuéstranos que tú no eres uno de ésos.” Se dio la vuelta y ordenó: “Que le traigan una cuchilla.” Yo había escogido a mi mujer por amor a su belleza; era alta y muy afectuosa; me tenía mucho apego y me dolía mucho perderla.

El gentío iba en aumento. Cogí el machete y di el primer tajo. Cuando vi burbujear la sangre, me sobresalté y retrocedí un paso. Detrás de mí, alguien me detuvo y me empujó hacia delante por los codos. Cerré los ojos en medio del barullo y di otro tajo como el de antes. Ya estaba hecho, la gente aprobaba, se quedaba satisfecha y se marchaba. Retrocedí. Fui a sentarme en un banco de una tabernita, cogí la bebida y no miré el lado que no debía. Más adelante me enteré de que el hombre estuvo dos horas largas moviéndose antes de acabar.

Luego nos acostumbramos a matar sin darle tantas vueltas.

[…]

EL APRENDIZAJE

ÉLIE:Los de Ruanda están acostumbrados al machete desde la infancia. Lo que hacemos todas las mañanas es agarrar un machete. Segamos el sorgo, cortamos las plataneras, limpiamos de lianas, matamos los pollos. Incluso las mujeres y las niñas cogen el machete para las tareas pequeñas, como hacer astillas para guisar. Es el mismo ademán para diferentes necesidades, y nunca nos desorienta. La hoja, cuando la usas para cortar la rama,  o el animal,  al hombre, no dice cómo se llaman.

En el fondo, un hombre es como un animal; das el corte en la cabeza o en el cuello y se cae solo. Los primeros días quienes habían sacrificado ya pollos, y sobre todo cabras, llevaban ventaja; es lógico. Luego, todo el mundo se acostumbró a esa actividad y se puso al día.

[…]

Clémentine: “Vi a papás que enseñaban a sus hijos cómo tenían que herir. Les hacían imitar sus gestos con el machete. Para enseñar su buena maña usaban a personas muertas o a personas vivas que habían capturado durante el día. Lo más frecuente era que los muchachos ensayasen con niños, por aquello del tamaño adecuado. Pero la mayoría no quería que sus hijos se mezclasen directamente con esas guarrerías de sangre, menos para mirar, claro.”

[…]

LA PULSIÓN Y LA REPULSIÓN

IGNACE: Al principio estábamos demasiado calientes para pensar. Y luego demasiado acostumbrados. En el estado en que estábamos no nos importaba nada pensar que andábamos rajando a nuestros vecinos, hasta el último. Se había convertido en lo más natural. Ya no eran nuestros buenos vecinos de toda la vida, los que te pasaban la garrafa en la taberna para que bebieras, porque ya no tenían por qué estar ahí. Se habían convertido en gente a la que había que quitar de en medio, por decirlo de alguna forma. Ya no eran lo que habían sido antes, ni nosotros tampoco.

[…]

PANCRACE: Matar es algo que desanima mucho si depende de ti la decisión, incluso matar un animal. Pero si tienes que obedecer consignas de las autoridades, si te han mentalizado como es debido, si sientes que te mangonean, si ves que la matanza va a ser total y sin consecuencias nefastas en el futuro, te apaciguas y te serenas. Y sigues adelante sin más apuros.

[…]

ALPHONSE: A  mí no me daba miedo la muerte; hasta cierto punto se me olvidaba que estaba matando a personas vivas. Ya no me fijaba ni en la muerte ni en la vida. Pero lo que me daba miedo era la sangre. Olía y chorreaba. Por las noches, me decía: A fin de cuentas, soy un hombre que lleva sangre por dentro; toda esa sangre que salpica traerá desgracia, una maldición. La muerte no me alarmaba, pero ese exceso de sangre sí, mucho.

[…]

MANOS A LA OBRA

Todos los genocidios de la historia contemporánea suceden durante una guerra. No porque sean causas o consecuencias de ellas, sino porque la guerra crea un estado de suspensión de los derechos, da carta de ciudadanía a la muerte, convierte en normal la barbarie, atiza el miedo y las fantasmagorías, da nueva vida a los antiguos demonios, quebranta la ética y el humanismo. Debilita las últimas defensas psicológicas de los futuros participantes activos en el genocidio.

[…]

TAREAS AGRARIAS

PÍO: Cultivar el campo es más fácil, porque es nuestro oficio de siempre. Las cazas eran más imprevisibles. Y resultaba mucho más cansado los días de operaciones importantes, en que había que patrullas tantos kilómetros detrás de los interahamwe, cruzando por entre papiros y mosquitos.

Pero no se puede decir que echáramos de menos la tierra. Estábamos más cómodos con ese trabajo de caza, porque no había que agacharse para recoger la comida, las chapas y el botín. Matar era una actividad más brusca, pero más gratificante. La prueba es que nadie pidió nunca permiso para irse a limpiar su tierra, ni siquiera medio día.

ÉLIE: Era penoso tener que andar rebuscando entre los papiros todo el día, sin volver a casa a mediodía para comer. Las tripas se quejaban a veces, y también las pantorrillas, porque estaban metidas en el barro. Pero comíamos carne en abundancia por las mañanas y bebíamos muchísimo por las noches.  Era una buena compensación. Los saqueos nos daban más bríos que las cosechas y acabábamos más temprano de trabajar. Ese programa de los pantanos era más cómodo, para los jóvenes y, sobre todo, para los viejos.

IGNACE: Las matanzas podían dar mucha sed y ser agotadoras y, muchas veces, repugnantes. Pero rendían más que el trabajo del campo. Sobre todo para el que no tenía buena tierra o tenía un campo yermo. Durante las matanzas, cualquiera que tuviera  fuerza en los brazos traía a casa tanto como un comerciante conocido. No éramos ya capaces de contar las chapas que guardábamos. Ni nos acordábamos ya de los intermediarios. Las mujeres estaban contentas porque salía rentable.

Para los que eran sólo campesinos era alentador eso de dejarse la azada en el corral. Nos levantábamos ricos, nos acostábamos con la tripa llena, vivíamos saciados. El saqueo rinde más que la cosecha porque todo el mundo le saca partido de forma equitativa.

Clémentine: “Los hombres se iban por las mañanas sin saber cómo iba a ser de cansado el día. Pero sí sabían lo que iban a ganar por el camino. Volvían con cara de estar rendidos, pero risueños. Se gastaban bromas, como en las estaciones en que la cosecha era buena. Se les notaba, en la forma de comportarse, que llevaban una vida que los entusiasmaba.

“A las mujeres la vida les resultaba sobre todo descansada. Ya no iban ni a la tierra ni al mercado. Ya no tenían que plantar, ni que majar las judías ni andar mucho hasta el mercado. Bastaba con buscar para recoger. Cuando nuestras caravanas de fugitivos hutus se fueron hacia el Congo, dejaron campos descuidados en los que la selva se había comido ya varias estaciones de trabajo agrario.”

ALPHONSE: Era un trabajo que manchaba mucho, pero un trabajo en que no había que preocuparse por la sequía o por las malas cosechas, eso sí que es verdad. El campesino, en su tierra, nunca está seguro de qué va a traerle la cosecha. Una estación le llenará los sacos, para que su mujer los lleve al mercado; otra, se le quedarán consumidos. Tendrá que pensar en escurrir el bulto para que no lo vean los tasadores. Y con esas cosas anda preocupado y, a veces, indispuesto.

Pero sabíamos que en las casas abandonadas de los tutsis encontraríamos muchas cosas nuevas. Empezábamos por las chapas y seguíamos con lo demás.

El tiempo nos mejoraba mucho la vida porque mejorábamos con todo lo que antes nos faltaba. Nuestra Primus diaria, la carne de vaca, las bicicletas, las radios, las chapas, las ventanas, todo. Nos decíamos que era una temporada de suerte que no se iba a repetir.

[…]

A PUERTA CERRADA

Claudine, que tenía veintiún años en aquel entonces, define además los acontecimientos de esta forma pasmosa: “Creo, además, que nadie escribirá nunca en orden todas las verdades de esta tragedia misteriosa; ni los profesores de Kigali y de Europa, ni los círculos de intelectuales y políticos. Cualquier explicación fallará por un lado o por otro, como una mesa coja. un genocidio no es como unas malas yerbas que crecen de dos o tres raíces; sino que crece de un nudo de raíces que han echado moho mientras estaban enterradas sin que nadie se fijase en ello.”

[…]

LA FIESTA EN LA ALDEA

ALPHONSE: La primera noche, cuando volvíamos de la carnicería de la iglesia, los dirigentes habían organizado muy bien la fiesta. Nos reunimos todo en el campo de fútbol del que habíamos salido. Se oían tiros al aire y sonaban pitidos e instrumentos musicales por el estilo.

Los niños llevaron al centro del terreno todas las vacas reunidas durante el día. El burgomaestre Bernard les regaló las cuarenta más gordas a los interahamwe, para darles las gracias, y las demás a la población, para darle ánimos. Pasamos toda la velada sacrificándolas, cantando y charlando de los días venideros, que prometían. Fue la fiesta más estupenda.

[…]

LA DESAPARICIÓN DE LAS REDES

Hay que insistir en esta peculiaridad, importante hoy en día: mientras que la palabra genocidio tiene cada vez menos sentido, los políticos, los periodistas y los diplomáticos la emplean a más y mejor en cuanto se refieren a matanzas en masa o crueles.

De todas las guerras nacen tentaciones salvajes más o menos mortíferas. El delirio sanguinario de los combatientes, el deseo de venganza, el desvalimiento, el miedo, la impresión de abandono, la euforia de las victorias o la angustia de las derrotas, la paranoia y, ante todo, la sensación de condena posterior al crimen traen consigo conductas y actos genocidas.

Es decir, el hecho de estar harto o el pánico y el deseo de acabar de una vez. Y, en consecuencia, surgen carnicerías de civiles o de prisioneros, campañas de violaciones y torturas, deportaciones letales, devastación por los cuatro costados. Pueden darse también acciones no militares: vertidos de pesticidas en los ríos, rebaños de bisontes diezmados, conversiones forzadas a religiones y culturas ajenas.

Pero confundir estos crímenes de guerra -incluso cuando, en su demencia colectiva, pretender domeñar a una comunidad civil- con un proyecto explícito y organizado de exterminio es una confusión intelectual y política sintomática de nuestra cultura del sensacionalismo.

¿No es esta diferenciación mera cháchara retórica? ¿Es posible percatarse de un genocidio dentro del caos de una guerra? Hay una pregunta sencilla y definitiva que permite responder a ello: ¿en qué víctimas se ceba más la muerte?

En la guerra los primeros en morir son los hombres, puesto que son los más aptos para el combate; luego, las mujeres que están en condiciones de ayudarlos; y los muchachos porque toman el relevo; a continuación, los ancianos, que aportan consejos. En un genocidio, la muerte se ceba por igual en todos, y aún más en los niños pequeños, en las muchachas y en las mujeres, porque representan el futuro.

[…]

Dado lo cual, ¿no es acaso ocioso establecer diferencias entre matanzas cuando son de tal envergadura? ¿No es acaso imprudente ponerles calificativos a episodios de una historia siempre en marcha? ¿No es acaso inconmensurable el dolor de las víctimas? ¿No es acaso tan cruel la barbarie de Srebenica o de Grozny como la de Nyamata? Lo es para quienes la vivieron. A nosotros nos angustia más la de Nyamata porque fue absoluta.

“Hay guerra cuando unas autoridades quieren derrocar a otras autoridades para ocupar su lugar y disfrutar de él. Un genocidio es una etnia que quiere enterrar a otra etnia. El genocidio va más allá de la guerra porque la intención dura para siempre, incluso aunque el intento fracase. Es una intención final”, dice la campesina Christine Nyiransabimana. Llama la atención esta referencia a la “solución final”.

[…]

LAS MUJERES

ÉLIE: Los hombres iban a matar y las mujeres a saquear; las mujeres vendían y los hombres bebían. Igual que pasa con la agricultura.

LÉOPORD:  Las mujeres eran igual de feroces con los niños y las mujeres tutsis a las que localizaban en casas abandonadas. Pero lo que más les importaba era pelearse por las telas y los pantalones. Iban pisando los talones a las correrías y desnudaban a los muertos. Cuando la víctima respiraba aún, la remataban con alguna herramienta o le daban la espalda y la dejaban abandonada y dando los últimos susurros. Lo que ellas quisieran.

EN BUSCA DEL JUSTO

Estamos a 11 de abril, el primer día de  las cacerías de tutsis en la colina de N’tarama. A eso de las doce, Isidore Mahandago descansa tras haber pasado la mañana escardando, sentado en una silla delante de su casa de terres-tôles. Isidore Mahandago es un campesino hutu de sesenta y cinco años que llegó hace veinte a Rugunga, en la colina de N’tarama.

Unos mocetones armados con machetes suben cantando por el camino próximo a su casa. Isidore se dirige a ellos con su voz seria de anciano y les echa un sermón en público, delante del vecindario. “Muchachos, sois unos malhechores. Volveos por donde habéis venido. Esas cuchillas vuestras están apuntando a una desgracia terrible para todos nosotros. No propaguéis rencillas demasiado graves para nosotros, los campesinos. Volved a vuestras tierras sin perjudicar más a nuestros vecinos. ” Dos asesinos se le acercan, riéndose, y, sin contestarle, lo matan a machetazos. entre ellos está el hijo de la víctima, quien, según cuentan los que presenciaron la escena, ni protesta ni se deitene para inclinarse sobre el cuerpo. Los mozos siguen andando y cantando.

Isidore Mahandago es el Justo de N’tarama.

Al día siguiente, tres kilómetros más allá, en una zona de selva de Kibungo, Marcel Sengali está cuidando un rebaño ankolé tache-tache con cuernos de lira. La familia Sengali vive en Kingabo, una zona de tutsis, con la excepción de tres familias hutus, entre las cuales se cuenta, y que, con el tiempo, se han hecho ganaderas siguiendo el ejemplo. Conviven en tan buena armonía que juntan los animales en un rebaño único.

Otros mocetones armados con machetes suben por el camino y lo ven, desde arriba, rodeado de vacas, a la sombra de un umunzenze. Bajan la cuesta a todo correr y, sin preguntarle nada, lo matan a machetazos. Al registrar la chaqueta del muerto, ven que en su carnet de identidad pone “hutu” y se percatan de su error.

Dos días después, su viuda, Martienne Niyiragashoki, decide irse con sus vecinos tutsis de toda la vida a los pantanos, en los que intentan huir de las hordas de asesinos. Su hijo, Gahutu, es uno de ellos. Al enterarse de que su madre ha escapado a las ciénagas de papiros, va hasta la orilla varias veces para ordenarle a voces que salga y prometerle su amparo. Martienne Niyirabashoki se niega siempre, aunque no así otros hutus que se habían refugiado en los pantanos los primeros días, casi siempre acompañando al cónyuge, y abandonaron a sus familias para volver a la orilla y salvar la vida. Mucho más adelante apareció el cuerpo de Martienne, hecho pedazos.

Marcel Sengali y Martienne Niyiragashoki son los Justos de Kibungo.

François Kalinganiré era un funcionario influyente de Kanzenze. Había sido incluso burgomaestre de la comuna de Nyamata en la década de 1980, pero lo destituyeron en 1991 por unirse a una formación moderada cuando se fundaron los partidos políticos. Era director del centro de formación juvenil de Mayange. No se topó con problema pero el rencor de sus adversarios no se olvidó de él.

El 12 de abril, segundo día de las matanzas, algunos de éstos, en compañía de interahamwe, se presentan en su casa. Saben que está casado con una tutsi y le ordenan que la mate para demostrar su adhesión al proyecto de genocidio. Se niega a ello estoicamente y les prohíbe que entren en su casa; los vecinos, amedrentados por la escena, lo intiman a que obedezca y sacrifique a su mujer. Persiste en su actitud e intenta despedir a los visitantes. Lo asesinan en su corral y lo entierran en su campo.

Es el Justo de Kanzenza.

[…]

¿QUÉ PASA CON DIOS?

FULGENCE: Yo sé que sólo Dios puede entender lo que hicimos. Sólo él lo vio de cerca, sólo Él sabe quién se manchó los brazos y quién no. Y de los que no se los mancharon tiene Él una cuenta muy pequeña.

IGNACE: Los curas blancos salieron huyendo en las primeras escaramuzas. Los curas negros o mataron o los mataron. Dios callaba y las iglesias apestaban con los cadáveres que se habían quedado dentro. No había ya lugar para la religión en lo que hacíamos. Durante un poco de tiempo no fuimos ya cristianos corrientes; teníamos que olvidarnos de las obligaciones que nos habían enseñado en el catecismo. Así que lo primero era obedecer a los jefes. Y a Dios sólo después, mucho después, para confesarse y hacer penitencia cuando se acabase la tarea.

[…]

ÉLIE: En la Biblia y en los sermones del cura, a Dios y a Satanás se los ve diferentes. Uno reluce, de blanco y dorado; el otro va de negro y rojo. Pero en los pantanos, los colores eran los mismos que en todas las ciénagas: barro y hojas podridas. Era como si Dios y Satanás se hubieran puesto de acuerdo para enturbiarnos la vista. Quiero decir que los dos nos importaban un bledo.

[…]

REMORDIMIENTOS Y ARREPENTIMIENTOS

Clémentine: “Yo me doy cuenta de que los supervivientes y los asesinos no recuerdan las cosas igual, ni mucho menos.

Los asesinos, cuando acceden a hablar en voz alta, pueden decir la verdad acerca de todos los detalles de lo que hicieron. Les queda una memoria más natural de lo que sucedió en su colina. Esa memoria no choca con n ada de lo que vivieron, no se siente superada por acontecimientos terribles. Nunca se hace un lío en esa confusión. Los asesino conservan los recuerdos en agua clara. Pero esos recuerdos sólo los comparten entre sí, porque son peligrosos.

Los supervivientes no se llevan tan bien con su memoria. No deja de hacer eses con la verdad por culpa del miedo o la humillación de lo que les sucedió. Piensan que se les puede censurar por otros motivos. Hasta cierto punto se sienten más censurables por una falta que está para siempre fuera de su alcance. Tienen a los muertos cerca, incluso pegados a ellos. Tienen que fabricarse asociaciones pequeñas para sumar y comparar sus recuerdos, con paso prudente, sin equivocarse. Pero luego recuerdan acontecimientos terribles sin temor a las trampas.

Los supervivientes buscan la calma en una zona de la memoria. Los asesinos la buscan en otra. No intercambian ni tristeza ni miedo. No le piden a la mentira la misma ayuda. Creo que nunca podrán compartir una parte considerable de la verdad.”

[…]

Marie-Chantal: “El culpable y la víctima le piden al olvido que los proteja un poco. La necesidad no es la misma. No lo piden juntos. Pero se lo piden al mismo olvido.”

[…]

SE REANUDA LA VIDA

ADALBERT: No sé cómo irán las cosas con los supervivientes. Hay gente en Kibungo que podrá comprenderme, pero sólo los que enarbolaron un machete, igual que yo, o más que yo. Pero a los tutsis les resulta imposible aprender y entender. A ellos no se les puede pedir que compartan con el pensamiento lo que hicimos. Creo que su pena rechazará cualquier tipo de explicación. Para ellos lo que hicimos se sale de lo  natural. A lo mejor la paciencia y el olvido ganan la partida. Y a lo mejor, no.

[…]

LOS REGATEOS DEL PERDÓN

[El asesino] ni se malicia las pruebas que tiene que soportar la víctima en cuanto accede a perdonar, ya que es algo que no sólo vuelve a abrir las heridas, sino que  también suprime toda posibilidad de alivio por el camino de la venganza. No comprende que, al pedir perdón, le exige un esfuerzo extraordinario a la persona a quien se lo pide. No concibe su dilema, su padecimiento, su coraje para ser altruista.

No se da cuenta de que, al pedir perdón como si se tratara de una mera formalidad, ese comportamiento incrementa el dolor, al menospreciarlo.

El asesino no establece una relación entre la verdad, la sinceridad y el perdón. Para él, decir la verdad aproximadamente es un truco aconsejable para mermar más o menos la falta, y por consiguiente, el castigo y, si a mano viene, la culpabilidad. Pedir perdón es también un acto interesado con vistas a un porvenir más lejano, pues facilitará el reencuentro y la reintegración y ayudará a establecer las relaciones de antes.

[..] Élie y la mayoría de los otros no piden perdón; les dicen: perdón, en voz más o menos alta, a víctimas que pueden oírlo o no, aceptarlo o rechazarlo. Es algo así como pedir perdón a la persona con la que acabas de tropezar en la acera. O lo piden con la seguridad de que esa solicitud, por ser humillante y mover a compasión, merece ya de por sí una respuesta positiva[…]

La mayoría aseguran que no tienen pesadillas, en cambio a sus víctimas las agobian por las noches sueños dolorosos, terroríficos, obsesivos, culpabilizadores, Además, lo que hay en el fondo de esas escasas pesadillas son más los padecimientos en los campos del Congo o en la cárcel que su vida de asesinos en los pantanos.

¿Cómo es posible? De todos los crímenes de guerra, el asesino de un genocidio es el menos atormentado. ¿Puede darse crédito al hecho de que el sueño encubra hasta tal punto gestos y sensaciones tan fuera de lo común? ¿Es cierto que sus víctimas están ausentes de sus pesadillas? Y, si lo es, ¿cómo se libran de los remordimientos durante el sueño, cuando no los protege la mentira? ¿A qué se debe la mansedumbre de su inconsciente, esa curiosa facultad de cerrarle la puerta del dormitorio a la culpabilidad?

Y, si no lo es, ¿por qué niegan o minimizan esas pesadillas -que podrían presentar como pruebas tangibles de su arrepentimiento y una forma de pagar su deuda-, tanto más cuanto que, a plena luz del día, nos refieren sus crímenes con todo lujo de detalles? ¿Temen que las descripciones de esos sueños les hagan perder los estribos? ¿Que contradigan o deformen sus relatos? ¿Que puedan quitarles credibilidad o agravarlos? ¿Temen que la descripción de escenas de pesadillas les revelen cosas que quieren tener enterradas? ¿Es un requisito para anticipar la integración? ¿O es, más sencillamente, una resistencia a mirar hacia atrás con los ojos bien abiertos por temor a sí mismos?

¿Existe una relación entre esa incomprensión ante el perdón y esa reticencia a admitir sus pesadillas? ¿Es una forma de poner freno a los recuerdos y ampararse del riesgo de perder el control de lo que confiesan? ¿Será para sobrevivir psicológicamente a sus actos?

[…]

UNA MATANZA MÁS ALLÁ DE LO NATURAL

Pese a las posibilidades de empleos auxiliares, dispensas y subterfugios, los cálculos de la cantidad de gente que mató en la comuna de Nyamata son inconcebibles.

Christine, hija de un tutsi y de una hutu y testigo de los hechos en su colina, intenta explicarlo así: “Creo que el que se había visto obligado a matar quería, al día siguiente, que a su vecino le tocara la misma obligación para que tuviera la misma consideración. Ante tu vecino, que mataba a diario, podías mostrarte vago, o recalcitrante, y mal jugador, pero tenías que hacer méritos manchándote las manos de sangre en alguna ocasión.”

Para comprender la condición de voluntarios de los esbirros del Tercer Reich, más espectacular frecuentemente fuera de las fronteras de Alemania, los historiadores o los filósofos insisten en la formidable disciplina que puede llegar a imponer un estado totalitario a sus ciudadanos, en la eficacia de una propaganda insidiosa y permanente, como la que citamos antes; y, ante todo, en la fuerza del conformismo social en tiempos de miedo y crisis, que no hay que confundir con los tiempos de guerra que, en ciertos momentos, pueden, antes bien, acabar con ese conformismo.

Estos argumentos no bastan para explicar la máquina de matar que ilustra la frase de Christine. Los rusos, los españoles, los argentinos, los rumanos, los iraquíes y otros muchos pudieron comprobar en algún momento de su historia la eficacia de esas maquinarias que destrozan las mentes e idearon Stalin, Franco, Videla o Ceaucescu, Husein, otros tantos dictadores que contaron con la sumisión en masa de la población, la abdicación, una suerte de embrutecimiento y un hábito de delación, pero que no consiguieron poner en pie procesiones entusiastas y populares que matasen cantando a diario y en horario laboral.

Si esos historiadores y filósofos ocultasen el carácter irracional y excepcional del genocidio, podrían resultar equívocos e incluso peligrosos, en la medida en que darían alas al pesimismo o a la beatería;  o algo más desesperante aún, avivarían la peor lacra de nuestras sociedades: el cinismo.

El genocidio es, pues, algo excepcional, cuya definición más sencilla la aporta Jean Baptiste Munyankore, maestro en N’tarama desde hace cuarenta y tres años, cuando dice: “Lo que sucedió en Nyamata, en las iglesias, en los pantanos y en las colinas son comportamientos más allá de lo natural de personas muy naturales.

O la de Sylvie, que dice “Porque si se queda uno demasiado anclado en el miedo al genocidio, se pierde la esperanza. Se pierde lo que se ha conseguido salvar en la vida. Se corre el riesgo de contagiarse con otra locura. Cuando pienso en el genocidio en momentos de tranquilidad, reflexiono para saber dónde colocarlo dentro de la existencia, pero no encuentro ningún sitio. Quiero decir sencillamente que no es nada humano.”

[…]

PALABRAS PARA NO DECIRLO

ADALBERT: A la agricuultura no vale meterle prisa, va al ritmo de sus estaciones. Pero en cambio las matanzas se adaptan a nuestros antojos. Quieres más, golpeas más; haces correr más sangre y coges más cosas. Si, además, es un genocidio, ya sabes que vas a quedarte con todo de verdad, menos con los piques, las ofensas y todas las demás palabras desagradables por el estilo, que dejas en brazos de la muerte.

LÉOPORD: Yo puedo contar muchísimos detalles de las matanzas, nos parecían provechosas. Pero usted me pide que diga qué pensaba durante esos momentos engorrosos, y a eso no sé contestar.

Eran matanzas muy bien organizadas, nos parecían provechosas. Obedecíamos y estábamos animado en esa situación nueva y propicia. Empezamos, nos acostumbramos y nos gustó. el campesino que va a su tierra se pregunta por el camino por qué va a sachar las judías o el maíz. El profesor que entra en la escuela, piensa en la lección que le va a explicar a su clase. El mecánico escoge la pieza del motor que va a lustrar. Pero el que mata en los pantanos está libre de cuestiones personales. Tiene que habérsela con sus actividades. Va siguiendo a los colegas y persigue a las víctimas, cuenta sus riquezas. Muchos de nuestros pensamientos estaban vacíos y su recuerdo también.

IGNACE: Los llamábamos “cucarachas”, que es un insecto que se mete en la ropa y nunca se va; y hay que aplastarlo para librarse de él. Nosotros no queríamos ya que hubiera ningun tutsi en las tierras. Avistábamos una existencia sin ellos. Al principio, éramos partidarios de librarnos de ellos, pero sin matarlos. Si hubieran aceptado irse hacia Burundi o hacia otro sitio adecuado, se habrían llevado la vida sana y salva. Y nosotros no habríamos cargado con la fatalidad de las carnicerías. Pero no se veían viviendo allí sin sus tradiciones antiguas y sus rebaños de vacas. Y eso nos empujó a los machetes.

Los tutsis habían aceptado tantas matanzas sin protestar nunca, habían esperado tantas veces la muerte o los malos golpes sin alzar la voz que, hasta cierto punto, pensamos en nuestro fuero interno que era inevitable que murieran aquí y ahora todos juntos. Pensamos que como era un trabajo al que nada se oponía, eso quería decir que había que hacerlo. Luego supimos cómo se llamaba. Pero entre nosotros, en la cárcel, no usamos esa palabra.

[…]

Clémentine: “Las mujeres de los asesinos no hablan nunca del genocidio. Nunca pronuncian entre sí esa palabra. No existe, como tampoco el arrepentimiento que la acompaña. Dicen que echan de menos a sus hombres y se lamentan de la pobreza que les espera al levantarse y de las malas palabras que han corrido por la comarca, como si se tratase de calamidades naturales.

Rezan, cantan, niegan; y no sólo porque tengan miedo. Se notan más furiosas que culpables. Las apenan más las promesas que no cumplieron sus maridos que las quejas o las acusaciones de los supervivientes. Se callan, estafadas por todos lados.”

[…]

LÉOPORD: Cuando los tutsis se dejaban coger, muchos morían sin decir palabra. En Ruanda, se dice “morir como un cordero de la Biblia”; hay que decir que en Ruanda no hay ni un cordero para saber cómo gritan.

A veces nos afectaba mucho eso de que esperasen la muerte sin gritar. Por la noche nos hacíamos continuamente las mismas preguntas: ¿Por qué esa gente que va a irse no protesta, por qué no pide clemencia?

Los responsables aseguraban que los tutsis se sentían culpables del mal de ser tutsis. Algunos interahamwe decían también se sentían culpables de las desgracias que nos habían causado.

Yo sabía que eso no era cierto. Los tutsis no pedían nada porque ya no creían en las palabras en esos momentos fatales. Ya no creían en los gritos, como los de los animales asustados que sueltan aullidos después de los golpes mortales, para que los oigan. Los arrastraba una tristeza todopoderosa. Se sentían abandonados de todo, incluso de lo que pudieran decir.

[…]

LA MUERTE EN LA MIRADA

ALPHONSE: Hay participantes que cuentan que nos habíamos convertido en fieras. que la ferocidad nos cegaba. Que habíamos enterrado nuestra civilización bajo el follaje. Y que por eso no podemos dar con las palabras adecuadas para hablar de ello como es debido.

Ésa es una gansada para torcer la verdad. Yo puedo decir que, fuera de los pantanos, llevábamos una vida muy normal. Canturreábamos por los caminos, bebíamos Primus o urwagwa, podíamos elegir porque había en abundancia. Hablábamos de nuestra buena suerte, nos jabonábamos las manchas de sangre en la palangana, se nos alegraba el olfato delante de la olla. Nos satisfacía la nueva vida que iba a empezar masticando cuartos traseros de vaca. Entrábamos en calor de noche encima de nuestras mujeres y reñíamos a los niños traviesos. Aunque no nos limitábamos ya a enternecernos, como antes, estábamos deseosos de buenos sentimientos.

Fueron días muy parecidos, como ya le he dicho. Nos poníamos la ropa de ir a trabajar al campo. Nos contábamos cotilleos en la taberna, apostábamos acerca de a cuántos habíamos matado, hacíamos chistes con las chicas rajadas, nos peleábamos por insignificancias de sacos de grano. Afilábamos las herramientas con piedra pómez. Nos hacíamos trampas, nos burlábamos de los cazados que pedían clemencia; contábamos nuestros bienes y los poníamos a buen recaudo.

Teníamos muchísimas ocupaciones humanas de todo tipo sin problemas, siempre y cuando nos dedicásemos las matanzas durante el día, claro.

Al final de esa temporada de los pantanos, estábamos demasiado decepcionados por haber fracasado. Nos desalentaba pensar en lo que íbamos a perder, nos atemorizaba mucho la mala suerte y la venganza, que nos tendían los brazos. Pero, en el fondo, no estábamos cansados de nada.

Jean Hatzfeld: Una temporada de machetes (Anagrama)

Share

Esta entrada fue publicada el agosto 30, 2010 a las 8:54 am. Se guardó como Ensayo, Lecturas, Narrativa y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Una temporada de machetes

  1. barbaravb en dijo:

    Qué bajón, que tengo que volver a Ruanda el mes que viene…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s