No disparen contra el turista

Los investigadores no han pasado por alto las numerosas analogías entre cierto tipo de turismo internacional y el colonialismo, o su forma más avanzada, que es el imperialismo. El análisis del sociólogo Dennison Nash, por ejemplo, sigue siendo impecable quince años después. Las mismas premisas, las mismas relaciones de fuerza, las mismas consecuencias. Se podría decir que sólo las materias primas han cambiado. En los países de la zona tropical el colonialismo buscaba marfil, maderas, especias y oro. Hoy, en esos mismos países, el turismo busca mar, sol, sexo y naturaleza. En ambos casos la mano de obra de asequible, gratis o muy barata.

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Al parecer hemos aceptado la carga de una rutina diaria a menudo agobiante, pero compensada periódicamente con breves huidas, con una capacidad de gasto que nos da la ilusión de la libertad. […] Es como si comprar mercancías y servicios -consumiendo como tales los destinos turísticos- pudiera curarnos la enfermedad de correr cada cual dentro de su jaula, con deseos más o menos reprimidos de escapar y cambiar de aires. Un anhelo generalizado que muchos anuncios publicitarios saben explotar a fondo.

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Parece imposible: pasan los siglos, pero a los Otros nos los siguen presentando como demonios o ángeles, monstruos de maldad o buenos salvajes.

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En realidad el extranjero de paso siempre ha sido una figura incómoda y a veces amenazadora. No es un niño pero chapurrea el idioma. No pertenece a la comunidad pero tiene necesidades evidentes. Un sentimiento comunitario obliga a no dejarlo en la cuneta.

Peregrino, mercader, soldado, explorador, misionero, antropólogo, periodista enviado, emigrante, trabajador temporero, veraneante, turista: cualquiera que sea su condición, el huésped es una persona fuera de lugar. Una persona a la que hay que situar dentro de la comunidad, aunque de forma temporal. El mismo hecho de albergar o por lo menos recibir a un extranjero es una suerte de negociación con la alteridad.

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A diferencia del turista, el emigrante no sabe exactamente adónde va. No sabe cuándo volverá ni qué recibimiento o qué peligros le esperan. A pesar de que hoy en día es él quien encarna el espíritu del auténtico viajero, los medios suelen ser más sensibles a los percances turísticos individuales.

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La figura del turista occidental tiene un estatus especial, semejante al de diplomático. […] Hoy se prodigan las largas alfombras rojas que antaño se desarrollaban bajo los pies de reyes y embajadores. […] En esta oferta teatral lo importante es que el turista tenga una confirmación constante de su papel incidental de VIP, que le convertirá en protagonista, al menos, de sus vacaciones.

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En la patulea de holgazanes (la expresión es del escritor francés Pierre Loti) que contamina los lugares que pretendemos haber descubierto, nos cuesta incluir… nuestra propia presencia.

El peor enemigo del turista es el propio turista, que ha rumiado e interiorizado un desprecio paradójico a su propia actividad y llega al extremo de negar su condición de turista.

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Más allá de los posibles resentimientos madurados en las comunidades de acogida, el turista es un blanco cada vez más frecuente de terroristas, guerrilleros o independentistas armados que intentan cambiar la política interior o lesionar los intereses económicos de un país. Puede ser un país que desde el punto de vista turístico o, mejor dicho, “turistocéntrico”, no es un lugar sino un destino, entendido como un lugar dedicado exclusivamente al entretenimiento de los visitantes.

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[Citando a Wole Soyinka:] Siempre he tenido la impresión de que hay un equilibrio precario, una grave contradicción en un lugar de vacaciones que al mismo tiempo está marcado por graves problemas sociales. Es un dilema moral que, en lo que a mí respecta, aún no he logrado resolver.

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Lo mismo que los bancos de los parques públicos, los asientos de las salas de embarque de los aeropuertos están diseñados de modo que resulten incómodos, para que una persona no se pueda tender en ellos a dormir. Esta arquitectura unfriendly sirve para crear filtros, obstáculos y barreras en los lugares de partida y llegada. Es lo contrario de la hospitalidad: no sirve para acoger, sino para ahuyentar a los cuerpos errantes.

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Entre los siglos XIX y XX, en el auge del positivismo, la antropología física se configuró como la ciencia de la discriminación racial y social. Con su obsesión antropométrica (índice craneal, ángulo de la nariz, pigmentación de la piel, etc.), la ciencia del hombre legitimó sentimientos racistas y normas discriminatorias. En aquel tiempo los científicos estaban convencidos de que las proporciones físicas de hombres y mujeres no sólo reflejaban su evolución biológica, sino también su evolución psíquica y social.

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La seguridad entendida como falta de contaminación por la diversidad y sus problemas acuciantes no existe. Lo mismo puede decirse de la tranquilidad, entendida como placidez en la vida y los viajes: aunque pudiéramos vivir y viajar en comportamientos estancos, nuestro miedo al Otro persistiría y, tarde o temprano, acabaría materializándose.

En realidad, la seguridad es un falso problema, un espejuelo para alondras: quien la agita nos atrae y nos conforta; quien la enarbola como programa se reviste de atractivo y poder justamente porque está prometiendo lo imposible.

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El turismo actual es garantía, servidumbre, seguridad. Una sacrosanta conjura contra los imprevistos. Los cambios de planes y todo lo que huela a improvisación, casualidad y libre albedrío se temen y se evitan. Como veremos, las expediciones turísticas cada vez se parecen más a las expediciones militares.

[…]

Lo importante es llenar el vacío, el vacuum generado por el tiempo libre, con diversiones a plazo fijo. […] Estas vacaciones animadas y ciertos viajes organizados equivalen a tomar sustancias estupefacientes, que sirven para evitar que la gente reflexione sobre la calidad de su vida diaria. Podríamos decir que es la antigua fórmula romana del “pan y circo”, tan apreciada por los poderosos: llenar las barrigas y distraer las cabezas.

[…]

El turismo, medroso ante cada alarma, tenga o no fundamento, se recluye en oasis de bienestar, si es posible cercanos, que aseguren la máxima autarquía y la máxima protección. El turismo refugiado en el gran hotel o entre los muros de la urbanización de vacaciones, también protege de los choques culturales, es decir, de esos traumas que brotan del encuentro/choque con manifestaciones culturales profundamente distintas. Por eso los grandes hoteles, en vez de dejar que los clientes se pierdan por los folclóricos mercadillos locales, tienen sus propias boutiques étnicas en lujosas galerías comerciales. En estas tiendas que están dentro de las instalaciones turísticas se vende la artesanía local con calidad garantizada; así se evita el riesgo de un encuentro con una diversidad humana demasiado radical.

A propósito de este aislacionismo turístico, el papa Juan Pablo II, con motivo de la XXII Jornada Mundial del Turismo (2001), expresó un razonamiento diáfano y tajante:

En algunos lugares, sin embargo, el turismo de masas ha producido una forma de subcultura que degrada tanto al turista como a la comunidad que lo acoge: se tiende a instrumentalizar, con fines comerciales, los vestigios de “civilizaciones primitivas” y los “ritos de iniciación que aún perduran” en algunas sociedades tradicionales. Para las comunidades de acogida, muchas veces el turismo se transforma en la oportunidad de vender productos llamados exóticos. Surgen así centros de vacaciones sofisticados, alejados de un contacto real con la cultura del país anfitrión o caracterizados por un exotismo superficial para uso de curiosos sedientos de nuevas sensaciones. […] Para satisfacer estas exigencias se opta por “reconstruir la dimensión étnica”: lo contrario de lo que debería ser un verdadero diálogo entre las civilizaciones, respetuoso de la autenticidad y de la realidad de cada cual.

El carácter refractario de cierto modo de hacer turismo es una prolongación, en la época de vacaciones, del estilo de vida diaria al que está acostumbrado el sector más pudiente de los habitantes de las grandes ciudades. Un estilo que, tal y como objetó el urbanista Mike Davis a propósito de Los Angeles, se caracteriza por la progresiva destrucción del espacio público, asociada a una obsesión por la seguridad. Se llega al extremo de militarizar la construcción de viviendas y levantar barreras entre barrios poblados por clases sociales distintas. Los espacios comerciales y de ocio se aíslan del exterior, las villas se transforman en castillos privados.  La arquitectura y el poder excesivo de la policía están perfectamente adaptados a los ideales de orden, laboriosidad y privilegio merecido, característicos de la clase media alta estadounidense. En una ciudad remodelada de esta forma, observa Mike Davis, incluso las categorías simbólicas se modifican: la seguridad es símbolo de prestigio, mientras que el vagabundo devalúa el espacio abierto y común donde en el pasado podían mezclarse las clases y culturas.

En resumen, el fortín de los blancos se ha convertido en un espacio cerrado, en el que el ciclo vital está completamente programado: trabajo, consumo, entretenimiento. Esta división del espacio urbano -que se reproduce en el apartheid de las vacaciones- se rige por un fuerte principio de exclusión del diferente, con mayor motivo si es miserable.

[…]

Sin embargo al mismo tiempo asistimos a la progresiva democratización del viaje y del veraneo, con la ampliación hacia abajo de las oportunidades exclusivas, tradicionalmente reservadas a la mal llamada crema de la sociedad. Tampoco faltan las protestas y los malos humores de los sujetos acaudalados más intemperantes por los paraísos perdidos. Pero ésta es otra historia, que recuerda las reacciones de la aristocracia decimonónica ante la aparición de hordas pequeñoburguesas en las playas y las montañas. El lujo es ante todo el espacio privado que se puede disfrutar. El lujo es la posibilidad de elegir, en caso necesario, incluso una dorada soledad.

El común denominador de la mayor parte de los turismos, aun siendo muy distintos entre sí, es la disponibilidad de dinero. […]

En un ensayo que ya es un clásico de la sociología del turismo, el israelí Erik Cohen ha acuñado la expresión “burbujas ambientales” para definir los enclaves turísticos impermeables a la realidad local. Según Cohen, la experiencia turística combina una instancia de novedad con un grado necesario de familiaridad, es decir, ofrece la seguridad de las viejas costumbres en un ambiente distinto. Esta dinámica entre exotismo y familiaridad es lo que proponen de forma convincente precisamente esas avanzadillas turísticas (léase: hoteles, resorts y urbanizaciones turísticas) que permiten breves salidas controladas, con la garantía de un regreso a un lugar seguro.

[…]

El poeta Yehuda Amijai escribe:

Un día  estaba sentado en las escaleras junto a una verja de la Torre de David. Tenía dos bolsas pesadas. Fue así como me convertí en un punto de referencia para el guía de un grupito de turistas. ¿Ven a aquel hombre sentado, con unas bolsas? A su derecha, sobre su cabeza, hay un arco de la época romana. Justo a la derecha de su cabeza… ¡Pero se mueve, apresúrense, porque se está moviendo! La redención, me dije, sólo llegará cuando su guía diga: ¿ven ese arco del período romano? No es importante. Pero allí, al lado, debajo, un poco a la izquierda, se sienta un hombre que ha comprado fruta y verdura para su familia.

En este cuadro trazado por el poeta contemporáneo más traducido de Israel hay una visión del mundo claramente humanista. Según esta visión, el ser humano es el centro de todo, incluida la experiencia turística. En este caso, los ojos para ver no son objetivos de cámaras fotográficas. La mirada de las personas no se intercepta para identificarlas, se trata de mirar para comprender.

Duccio Canestrini: No disparen contra el turista (Edicions Bellaterra)

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Esta entrada fue publicada el julio 19, 2010 a las 8:45 am. Se guardó como Ensayo, Lecturas y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

2 pensamientos en “No disparen contra el turista

  1. Concha Huerta en dijo:

    Cuanta razón tiene este estudio en comparar el turismo actual con el colonislismo. Un analisis muy inteligente que nos recuerda que los seres humanos somos animales de costumbres. saludos

  2. turistadepaso en dijo:

    Muy buena apreciación … interesantísimo libro.
    Gracias por compartirlo.

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