Viajes con Heródoto

El movimiento. El viaje. Así es: resultado de sus viajes,  el libro de Heródoto es el primer gran reportaje de la literatura universal. Su autor está dotado de una intuición, una vista y un oído de reportero. También es incansable: atraviesa los mares, recorre las estepas y se interna en los desiertos, y de todo ello nos da cumplida cuenta. Nos maravilla con su resistencia, nunca se queja del cansancio, nada parece capaz de desanimarlo ni de infundirle miedo (al menos jamás menciona tal cosa).

¿Qué lo impele cuando, intrépido e incansable, se lanza a su gran aventura? Creo que una fe llena de optimismo -que nosotros hemos perdido hace ya tiempo- en que es posible describir el mundo.

Viajes con Heródoto - Editorial Anagrama

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Las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido. Pues cada individuo la tiñe del color que más le conviene y prepara en su crisol particular su propia mezcla. De ahí que sea imposible desentrañar el pasado tal como realmente fue; sólo podemos acceder a sus muchas variantes, a versiones más o menos verosímiles o que mejor se ajusten a nuestras expectativas. El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones.

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Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar la lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, comprendí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto -y más rico en su inabarcable diversidad- se abriría ante mí el mundo.

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La primera reacción ante cualquier amago de problema era otra bien distinta: levantar una muralla. Encerrarse, separarse. Pues todo lo que llegaba del exterior, desde allí, no podría ser otra cosa que un peligro, el anuncio de una desgracia, un augurio del mal, vaya, la mismísima encarnación del mal.

Pero la muralla no sirve sólo para defenderse. Al tiempo que protege de la amenaza que acecha desde el exterior permite controlar lo que sucede en el interior. Al fin y al cabo, en una muralla hay aberturas, puertas y verjas. O sea, al vigilar estos lugares controlamos quién entra y quién sale, hacemos preguntas, comprobamos la validez de los salvoconductos, apuntamos nombres y apellidos, escrutamos los rostros, observamos, lo grabamos todo en la memoria. Así que la muralla es a la vez escudo y trampa, mampara y jaula.

Su peor característica consiste en que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por esa muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de fuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura, ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone.

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Confucio dice que la persona nace en el seno de una sociedad, luego tiene una serie de obligaciones. Las más importantes son: cumplir las órdenes del poder y obedecer a los padres. Y también: respetar a los antepasados y a la tradición. Observar las reglas de urbanidad. Someterse al orden imperante y desaprobar todo intento de introducir cambios. El hombre de Confucio es un ser leal y humilde frente al poder. Si cumples celosa y obedientemente sus órdenes -dice el Maestro- sobrevivirás.
Otra actitud aconseja Lao Tse: mantenerse al margen de todo. Nada es eterno, dice el Maestro. Así que míralo por encima del hombro, mantén la distancia, no intentes ser alguien, aspirar a algo, poseer algo. Actúa por medio del no actuar, tu fuerza radica en tu debilidad y tu impotencia; tu ingenuidad y tu ignorancia son tu sabiduría. Si quieres sobrevivir conviértete en alguien inútil, innecesario. Instálate lejos de la gente, sé un ermitaño interior, conténtate con un cuenco de arroz y un sorbo de agua. Y lo más importante: observa el tao. Pero ¿qué es el tao? Es algo que, precisamente, no se puede decir porque la esencia del tao no es sino la imposibilidad de definirlo y de representarlo: “Si el tao se deja definir como tao es que no es el tao verdadero”, dice el Maestro. Tao significa camino, y observar el tao consiste en no abandonar ese camino, en seguirlo a donde lleve.

El confucianismo es una filosofía del poder, de funcionarios, de una estructura, del orden y de la posición de firmes; el taoismo es una filosofía de aquellos sabios que se han negado a participar en el juego y no prentender sino ser parte de la indiferente naturaleza.

En cierto sentido, confucianismo y taoísmo son escuelas éticas que proponen diferentes estrategias de supervivencia. En sus respectivos apartados destinados al hombre sencillo tienen un denominador común, que es la exhortación a la humildad. Resulta curioso que más o menos por la misma época, y también en Asia, hayan nacido otros dos centros de pensamiento que recomiendan al hombre del montón exactamente lo mismo que el confucianismo y el taoísmo: la humildad (el budismo y la filosofía ónica).

En los cuadros de pintores confucianos vemos escenas de la corte: el emperador, sentado, rodeado de burócratas erguidos en posición de firmes, jefes del protocolo de palacio, pomposos generales y sirvientes humildemente inclinados. En los cuadros de los pintores taoístas vemos lejanos paisajes en tonos pastel, cadenas de montañas apenas dibujadas, nieblas luminosas, moreras y -en primer plano- una hoja del arbusto de bambú, fina y delicada, que tiembla agitada por un viento invisible.

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En el mundo de Heródoto, el individuo es prácticamente el único depositario de la memoria. De manera que para llegar a aquello que ha sido recordado hay que ir hacia él; y si vive lejos de nuestra morada, tenemos que ir a buscarlo, emprender el viaje, y cuando ya lo encontremos, sentarnos junto a él y escuchar lo que nos quiera decir. Escuchar, recordar y tal vez apuntar. Así es como, a partir de una situación como ésta, nace el reportaje.

De modo que Heródoto viaja por el mundo, encuentra a otros hombres y escucha lo que cuentan. Le dicen quiénes son, le cuentan sus vidas. ¿Pero cómo saben quiénes son y de dónde han venido? Ah, eso, responden, se lo han oído decir a otros, sobre todo a sus antepasados. Aquéllos les han transmitido sus conocimientos, igual que hacen ellos ahora transmitiendo a los suyos. Esos conocimientos adquieren forma de relatos de lo más variado. La gente se reúne alrededor del fuego para contar historias. Más tarde se llamarán mitos y leyendas, pero en el momento en que se cuentan y se escuchan, todo el mundo cree que son purísima verdad, la realidad más real.

Escuchan atentos, el fuego crepita, alguien echa más leña, la luz y el calor de las llamas avivan el pensamiento, despiertan la imaginación. Esas reuniones en que se narran historias son casi inconcebibles sin un fuego ardiendo en las proximidades o sin que la luz de una vela o de una lámpara disipe la oscuridad de una casa. La luz del fuego atrae y compacta el grupo, libera sus mejores energías. La llama y la comunidad. La llama y la historia, la llama y la memoria. Heráclito, anterior a Heródoto, consideraba el fuego protocomienzo de la materia toda, la primera sustancia: todo, decía, igual que el fuego, está en perpetuo movimiento, todo se apaga para luego volver a arder. Todo fluye, pero al fluir se transforma. Lo mismo sucede con la memoria. Unas imágenes se apagan y en su lugar aparecen otras. Sólo que esas nuevas imágenes no son idénticas a las anteriores, son diferentes: igual que uno no se puede bañar dos veces en el mismo río, tampoco es posible que una nueva imagen sea exactamente la misma que la anterior.

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Al fin y al cabo, el viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio. A fin de cuentas, lo que podríamos llamar “contagio de viaje” existe, y es, en el fondo, una enfermedad incurable.

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Dime cómo te vistes, cómo te comportas, qué costumbres tienes, a qué dioses adoras y te diré quién eres. El ser humano no sólo crea cultura y vive en su seno. El ser humano la lleva dentro, él es cultura.

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Un tema interesante: hombres superfluos al servicio del autoritarismo. Una sociedad desarrollada, establecida y organizada es un organismo en el que los papeles de los individuos están clara e inequívocamente definidos, cosa que no se puede decir de gran parte de los habitantes de las ciudades del Tercer Mundo. Allí, barrios enteros están llenos de una masa informe, correosa, indefinida e imprevisible -una auténtica fuerza telúrica, un auténtico elemento-, sin un cometido, sin una posición, un lugar o un destino asignado. En cualquier momento estas personas pueden agolparse en medio de la calle, convertirse en un gentío incontrolado, en una muchedumbre que siempre tiene algo que decir, a la que le sobra tiempo, que quisiera participar en algo, significar algo, pero a la que nadie presta atención porque nadie la necesita.

Dictaduras de todo tipo sacan provecho de esa magma inactiva. Ni siquiera necesitan mantener costosos ejércitos de policías de plantilla. Basta con acudir a esas personas, que no hacen sino esperar algo de la vida. Darles la sensación de que pueden servir para algo, de que alguien cuenta con ellas, que han sido percibidas, que algo pueden significar.

Ambas partes se benefician de esta relación: el hombre de la calle, al mostrarse servil hacia la dictadura, empieza a sentirse parte del sistema, un ser importante e imprescindible, y por añadidura, como suele tener algún que otro peso en la conciencia -pequeños hurtos, peleas, timos-, ahora empieza a sentirse impune; la dictadura, a su vez, tiene en él a un agente-fisgón celoso y omnipresente que, además, le sale barato cuando no gratuito.

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Cada persona tiene su propia red de signos con la que reconocer e interpretar la realidad circundante, una red que suele aplicar, por lo general automática e irreflexivamente, a todo fenómeno con que se encuentra. Sin embargo, sucede a menudo que realidades distintas a la conocida no se ajustan, no cuadran con el código de nuestra red, y entonces se corre el riesgo de fallar en la lectura de los signos y, como resultado, darles una interpretación equivocada. Desde este momento, la persona se moverá en una realidad falsa, en un mundo de nociones y señales equívocas y confusas.

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Despedido con cajas destempladas, Aristágoras se dirige a Atenas, la ciudad más poderosa de Grecia. Aquí cambia de táctica, y, en lugar de hablar con un jefe, pronuncia un discurso ante una gran multitud (de acuerdo con otra ley herodotiana en cuya virtud es más fácil embaucar a muchos juntos que a uno solo)

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(Para los atenienses, la pérdida de Mileto fue un golpe terrible. Los de Atenas  dieron una prueba de dolor muy particular en la representación de un drama compuesto por Frínico, cuyo asunto y título era la toma de Mileto: prorrumpió en un llanto general todo el teatro. Las autoridades de la ciudad impusieron al autor una multa draconiana de mil dracmas y prohibieron toda nueva representación de la obra. El arte debía servir para consolar los corazones, para entretener, en ningún caso para hurgar en las heridas.)

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Entonces vi Argel como uno de los lugares del mundo más fascinantes y trágicos. En la pequeña superficie de esta bella -aunque superpoblada- ciudad se cruzaban dos grandes conflictos del mundo contemporáneo: el primero, entre el cristianismo y el islam (revelado como una colisión entre la colonizadora Francia y la colonizada Argelia), y el segundo -un conflicto en el seno del propio islam que se manifestó nada más irse los franceses y recuperar los argelinos su independencia-, entre su corriente abierta, de diálogo, mediterránea, diría yo, y esa otra cerrada, nacida del sentimiento de incertidumbre e inseguridad en el mundo contemporáneo, una corriente de fundamentalistas que sacaban partido de la técnica moderna y que comprendían la defensa de la fe y de la tradición como condición de su propia existencia y de su identidad, la única que poseían.

Argel, que en sus comienzos, en tiempos de Heródoto, fue un pueblo de pescadores, convertido luego en puerto para naves fenicias y griegas, está situado de cara al mar, pero al otro lado de la ciudad, justo tras sus confines, empieza una gran provincia-desierto llamada bled, un territorio habitado por pueblos que viven de acerdo con las antiguas leyes del islam cerrado. En Argel incluso se habla abiertamente de dos modalidades de islam el del desierto y el del río (o del mar). El primero lo profesan y practican combativas tribus nómadas que, en medio del entorno más hostil al  hombre que es el Sáhara, luchan por sobrevivir, por mantenerse a flote como sea; y el segundo, el del río (o del mar), es, por el contrario, la religión de los mercaderes, los vendedores ambulantes, los “hombres del camino” y del zoco, para los cuales la actitud abierta, el compromiso y el intercambio no son sólo una cuestión de ventajas económicas, sino una condición misma de la existencia.

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“Amigo, no puede cambiar el hombre lo que debe acontecer por voluntad de dios; si alguno se esfuerza en persuadir algo en contra, no se da crédito a sus buenas razones. Muchos somos entre los persas que eso mismo que te digo [su inminente derrota ante los griegos] lo tenemos bien creído y seguro; y, sin embargo, como arrastrados por la fuerza de lo imperativo, actuamos como actuamos. Y te aseguro que no cabe entre los hombres dolor igual al que sienten los que piensan bien sin poder hacer nada para impedir el mal.”

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En lugar de un salvavidas que nos permite flotar pasivamente sobre la superficie, ¡cuánta necesidad tenemos de un ancla poderosa que nos permita aferrarnos a nuestra obra!

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El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa: cuanto menos esfuerzo le exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír.

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Personas como él [Heródoto], útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan a otros congéneres; pero incluso cuando -a veces- les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues de pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo las fascinaba ha palidecido, perdiendo todo sentido e importancia.

A la hora de la verdad no se atan a nada ni echan raíces profundas. Su empatía, aunque sincera, es superficial. La pregunta por el país que más les gusta de cuantos han conocido les causa cierto embarazo: no saben qué responder. ¿Que cuál? De una u otra manera, todos; todos tienen su interés. ¿Que a qué país les gustaría volver? De nuevo, cuestión embarazosa: jamás se han planteado preguntas semejantes. Seguro que les gustaría volver a emprender un viaje, ponerse en camino. El camino: he aquí lo que anhelan.

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Provinciano es aquel cuyo pensamiento está centrado en un limitado espacio al que el individuo en cuestión atribuye una importancia desmesurada, universal. Sin embargo, T. S. Eliot advierte de otro provincianismo, no del espacio sino del tiempo: “En la época actual -escribe en 1944 en un ensayo sobre Virgilio-, en que los hombres parecen más inclinados que nunca a confundir sabiduría con conocimiento y conocimiento con información, y a tratar de resolver problemas vitales en términos de ingeniería, está naciendo una nueva especie de provincianismo que quizá merezca un nombre nuevo. No es un provincianismo espacial sino temporal, un provincianismo cuya historia es la mera crónica de las invenciones humanas que sirvieron en su momento y fueron desechadas, un provincianismo para el cual el mundo es propiedad exclusiva de los vivos, sin participación alguna de los muertos. El peligro de esta clase de provincianismo es que todos, todos los pueblos de la tierra, podemos ser juntos provincianos; y a quienes no se contentan con serlo, sólo les queda convertirse en ermitaños.”

De manera que hay provincianos espaciales y los hay temporales. Cualquier globo terráqueo, cualquier mapamundi, muestra a los primeros lo perdidos y cegados que están en su provincianismo, lo mismo que cualquier libro de historia -incluidas todas y cada una de las páginas de Heródoto- muestra a los segundos que el presente ha existido siempre, pues la historia no es sino una ininterrumpida cadena de presentes, que los tiempos más remotos eran para la gente que en ellos vivió el hoy más inmediato, real y querido.

Ryszard Kapuscinski: Viajes con Heródoto (Editorial Anagrama)

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Esta entrada fue publicada el mayo 24, 2010 a las 11:59 am. Se guardó como Ensayo, Lecturas y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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