Cuaderno de versiones

Como escribe el poeta Jose Ángel Valente, autor de las traducciones que componen el volumen Cuaderno de versiones, todo libro debe arder, quedar quemado, dejar sólo un residuo de fuego. Las obras de Valente, como las de Jabès, Celan o Cavafis -autores de los textos que he recogido en la versión del poeta orensano- cumplen el destino de la poesía como salto en el abismo del lenguaje: apenas logramos retenerlas, apenas dejan un rastro de fuego entre los dedos.

El silencio no es debilidad del lenguaje.

Es, por el contrario, fuerza.

La debilidad de la palabra es ignorarlo.

(Edmond Jabès, Lengua fuente lengua blanco).

Cuaderno de versiones - J. A. Valente

[…]

El ruido del libro: la página que uno vuelve.

El silencio del libro: la página que uno lee.

Como si el paso del silencio al silencio no pudiese hacerse sin algún gemido (Edmond Jabès, Lengua fuente lengua blanco).

[…]

Palabra que renace de sus propias cenizas para volver a arder. Incesante memoria, residuo o resto cantable:  “Singbarer Rest”, en expresión de Paul Celan. Pues, en definitiva, todo libro debe arder, quedar quemado, dejar sólo un residuo de fuego. (J. A. Valente, Variaciones sobre el pájaro y la red – La memoria del fuego).

[…]

Empieza la palabra poética en el punto o límite extremo en que se hace imposible el decir. (J. A. Valente, a partir de Edmond Jabès).

[…]

En todo el universo destruiste cuanto has destruido

en esta angosta esquina de la tierra.

(C. Cavafis, La ciudad).

[…]

Un hermoso viaje te dio Ítaca.

Sin ella no emprendieras la jornada.

Pero otra cosa más no puede darte.

(C. Cavafis, Ítaca).

[…]

Quedaba la lengua, sí, salvaguardada, a pesar de todo. Pero hubo entonces de atravesar su propia falta de respuestas, atravesar un terrible mutismo, atravesar las mil espesas tinieblas de un discurso homicida. Atravesó sin encontrar palabras para lo que sucedía. Atravesó el lugar del Acontecimiento, lo atravesó y pudo regresar al día enriquecida por todo ello.

Es ése el lenguaje en el que, durante esos años y los años siguientes, he tratado de escribir mis poemas: para hablar, para orientarme, para conocer el lugar donde me encontraba y el lugar al que era llevado, para proyectarme en una realidad.

Era, como pueden ver, acontecimiento, movimiento, marcha, era la tentativa de hallar una dirección. Y cuando interrogo su sentido, me creo obligado a decirme que en esa cuestión habla también la cuestión del sentido del reloj.

Porque el poema no es intemporal. Plantea, ciertamente, una exigencia de infinito, trata de abrirse paso a través del tiempo (a través, no por encima).

El poema, en la medida en que es, en efecto, una forma de aparición del lenguaje, y por lo tanto de esencia dialógica, puede ser una botella arrojada al mar, abandonada a la esperanza –tantas veces frágil, por supuesto- de que cualquier día, en alguna parte, pueda ser recogida en una playa, en la playa del corazón tal vez. Los poemas, en ese sentido, están en camino: se dirigen a algo. ¿Hacia qué? Hacia algún lugar abierto que invocar, que ocupar, hacia un tú invocable, hacia una realidad que invocar.

Tales son las realidades, creo, de las que el poema se ocupa.

Y creo que tales vías del pensar no sólo marcan mis esfuerzos, sino los de otros poetas de una generación más joven. Son los esfuerzos de quien, sobrevolado de estrellas –obra humana-, expuesto en un sentido nunca antes previsto, y por tanto terriblemente al descubierto, va con todo su ser al lenguaje, herido de realidad y en busca de realidad. (Paul Celan, Discurso de Bremen).

[…]

Nosotros no podemos imaginarnos fuera del tiempo o del acontecer. Toda nuestra cultura nos emplaza en el tiempo. Ved los anacoretas, por ejemplo: están más muertos que vivos, literalmente quemados por el silencio. Sólo los nómadas, una vez más, saben transformar ese silencio aplastante en fuerza de vida. (Edmond Jabès, El desierto).

[…]

“Si se me preguntase cuál, entre todos los misterios, es, para siempre, impenetrable, respondería sin vacilar: la evidencia”, había anotado. (Edmond Jabès, Lengua fuente lengua blanco 1)

[…]

Cuando me abandonaste

dejé que un perro acercase su olfato

a mi pecho, a mi vientre, y lleno así de ti

corrió sobre tu rastro.

Espero que desgarre

los huevos de tu amante y le arranque la verga

o vuelva al menos

trayéndome tus medias en los dientes. (Yehuda Amichai, Un perro después del amor).

Jose Angel Valente: Cuaderno de versiones (Galaxia Gutenberg)

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Esta entrada fue publicada el febrero 27, 2010 a las 11:29 pm. Se guardó como Lecturas, Poesía y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Cuaderno de versiones

  1. Qué belleza.
    Muchas gracias por compartir

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