Tao Te King – Libro del curso y de la virtud

Del prólogo de François Jullien:

Si hay un tema que parece caracterizar este libro es la no acción (wu wei). Pero hay que cuidarse de entenderla equivocadamente, como a menudo se ha hecho, de leerla como un desentendimiento respecto al mundo, una renuncia quietista, en definitiva, como un llamamiento a la pasividad. La fórmula debe leerse en su versión completa: “No hacer nada, pero que nada quede sin hacerse”. También se podría traducir “de modo que nada quede sin hacerse”. Si uno se guarda de actuar, efectivamente, no es porque se desinterese del mundo (de hecho, en la China de la Antigüedad no hay “otro” mundo). Pero “actuar” siempre es forzado, más vale dejar que las cosas vengan naturalmente, “por sí mismas”, sin cargarlas con el peso de nuestros proyectos, con lo arbitrario de nuestras voluntades. Si el sabio se guarda de actuar, es para dejar acontecer y, por tanto, lograr con más facilidad: para dejar que la viabilidad de las cosas obre por sí misma o, dicho de otro modo, para dejar a la inmanencia de la “vía” (el “curso”) la “capacidad” de obrar. Sabe que cualquier solución forzada está condenada desde el principio, puesto que suscitará reacciones adversas y, queriendo imponer nuestro plan al mundo, no dejamos de desgastarnos: toda acción es agotadora y de poco efecto. Más vale adaptarse al curso del mundo como el agua, que, al seguir la pendiente, no deja de avanzar. Al ahorrar nuestra vitalidad, la sabiduría también se revela como la mejor estrategia: basta con “ayudar a la evolución natural de todos los seres” (capítulo LXIV). Dicho de otro modo, cualquier situación implica un desarrollo –un proceso está en curso-, y basta favorecerlo para dejarse llevar por él.

Tao te king - Editado por Siruela

[…]

La única enseñanza posible, repite el Lao zi, es una enseñanza “sin habla”. Para dejar venir la inmanencia, la única vía sería el silencio. Por eso el Lao zi desconfía del decir. Igual que el sabio, o el estratega, se guarda de actuar. Si las formulaciones son breves, incluso abruptas, si el texto es tan corto y discontinuo, pudiendo a veces parecernos deshilvanado, es porque se cuida de no impedir el paso a lo natural, que es lo que quiere expresar, porque “lo natural” es “hablar poco” (capítulo XXIII), permaneciendo en el umbral de la palabra y evitando enunciar demasiado.

Las palabras están para explicar las imágenes; pero una vez captada la imagen, uno ha de olvidar la palabra. Las imágenes están para expresar las ideas; pero, una vez captada la idea, uno puede olvidar la imagen. Es como la trampa cuya razón de ser es la liebre: capturada la liebre, se olvida la trampa. O como una nasa cuya razón de ser es el pez: capturado el pez, se olvida la nasa. La captación de la idea radica en el olvido de la imagen; la captación de la imagen radica en el olvido de la palabra (Wang Bi ji jiao shi, vol. 2, pág. 609)

IX

Más vale detenerse

que perseverar y excederse.

No puede conservarse por siempre

lo que se afila sin cesar.

No hay quien sea capaz de guardar

una sala llena de oro y jade.

Atraerá el desastre

el rico y noble, si soberbio.

Cumplida la obra, retirarse:

tal es el curso del cielo.

XXVI

Lo pesado es raíz de lo ligero.

Lo quieto, señor de lo agitado.

[…]

XXXIII

Conocer a los demás es sabiduría;

conocerse a sí mismo es iluminación.

Vencer a los demás es tener fuerza;

vencerse a sí mismo es ser poderoso.

Esforzarse en avanzar es tener voluntad;

saber contentarse es ser rico.

No alejarse de su sitio es durabilidad;

morir sin perecer es longevidad.

XLII

[…]

Todos los seres llevan a espaldas la sombra y en brazos la luz.

[…]

Nota de la traductora Anne-Hélène Suárez Girard:

Traduzco por sombra y luz las palabras yin y yang, que en la mayoría de las traducciones aparecen en chino y que significan, literal y respectivamente, umbría y solana, las dos vertientes de una misma montaña: los dos aspectos dinámicos, contrarios y complementarios de la misma unidad primordial (en la cosmología el dos que emana del uno), de cuya interacción surgen todos los seres y los cambios. Yin es el aspecto oscuro, opaco, húmedo, frío, quieto, femenino; corresponde a la tierra, al norte, a la luna, al agua, a la muerte. Yang es el aspecto claro, diáfano, seco, cálido, activo, masculino; corresponde al cielo, al sur, al sol, al fuego, a la vida. La continua tensión de yin a yang y de yang a yin constituye el movimiento del mundo, y la combinación de ambos, siempre dinámica, constituye la realidad de las cosas, que es lo que expresa esta imagen de los seres que llevan a la espalda la sombra y en brazos la luz: tradicionalmente, el rey se sentaba de cara al sur, las casas estaban siempre orientadas hacia el sur, etc.., de ahí que lleven en brazos (que tengan delante) la luz; lógicamente, el norte quedaba detrás y, de hecho, el carácter que lo representa (bei) también significaba antiguamente espalda.

[…]

LVI

El que sabe no habla,

el que habla no sabe.

[…]

Nota de la traductora: El que conoce el curso “actúa sin acción” y ejerce “la enseñanza sin habla”, dejando que la virtud del curso ordene y dé prosperidad a los seres. Los que hablan tienen las ideas claras, establecen distinciones, lo que demuestra que no han captado el curso, difuso e indistinto.

LXIII

Actúa sin acción,

ocúpate de desocuparte,

saborea el desabor,

ten por grande lo pequeño,

ten por mucho lo poco,

paga agravio con virtud.

Emprende lo difícil partiendo de donde es más fácil,

haz lo grande partiendo de donde es más menudo.

Bajo el cielo, los asuntos más difíciles

siempre empiezan en lo fácil.

Bajo el cielo, los asuntos grandes

siempre empiezan en lo menudo.

Por eso el santo nunca hace cosa grande

y puede así realizar lo grande.

La promesa ligera es poco fidedigna,

la mucha facilidad encuentra mucha dificultad.

Por eso el santo considera [todo] difícil

y jamás encuentra dificultad.

LXXVI

El hombre es, al nacer, blando y débil;

al morir, queda duro y rígido.

Las plantas y los árboles, al nacer, son tiernos y frágiles;

al morir, quedan secos y enjutos.

Por eso,

lo duro y rígido va camino de la muerte;

lo blando y débil va camino de la vida.

Así,

el arma rígida es destruida,

el árbol rígido se quiebra.

Lo duro y rígido es inferior;

lo tierno y débil es superior.

LXXXI

Las palabras fieles no son hermosas,

las palabras hermosas no son fieles.

[…]

Nota de la traductora:

Todo este capítulo es una especie de compendio de lo expuesto a lo largo del libro acerca de la actitud del santo:

  • la fidelidad a la palabra (y la consiguiente circunspección en este aspecto),
  • el no participar en las discusiones corrientes de la época:
    • ¡qué esteril, extenderse así sin fin!, cap. XX:
  • no dedicarse a la acumulación de conocimientos:
    • cuanto más lejos se va, menos se conoce, XLVII;
    • quien se dedica al estudio, crece día a día, quien se dedica al curso mengua día a día, XLVIII;
    • el que sabe no habla, el que habla no sabe, LVI;
    • por eso, gobernar un señorío mediante el saber es perjudicar el señorío, LXV;
  • no querer nada para sí y estar universalmente disponible:
    • los genera sin tenerlos por suyos. Los realiza sin ufanarse. Cumple su obra sin complacencia, II;
    • el santo se pospone y, por ende, se antepone; se desprende de sí y, por ende, subsiste. ¿Acaso no es su desinterés lo que constituye su interés?, VII;
    • no hay quien sea capaz de guardar una sala llena de oro y jade […]. Cumplida la obra, retirarse: tal es el curso del cielo, IX;
    • genera y nutre [los seres], los genera sin tenerlos por suyos, los realiza sin ufanarse, les da crecimiento sin domeñarlos, X;
  • no actuar contra o sobre lo natural para no perjudicar:
    • quien honra cuanto hay bajo el cielo como a su propia persona es digno de que se le confíe cuanto hay bajo el cielo, XIII;
    • las ánimas no cobran eficiencia […]. Igual que su eficiencia no perjudica a los hombres, el santo tampoco perjudica a los hombres. Así, no perjudicando ninguno de los dos, la virtud entre ambos confluye, LX;
  • basar toda su eficacia en la indistinción y la no rivalidad:
    • la bondad del agua es beneficiar a los seres sin rivalizar, VIII;
    • por su no rivalizar, nada bajo el cielo puede rivalizar con él, LXVI.

Lao Zi: Tao te king – Libro del curso y de la virtud (Siruela – Edición y Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard)

Esta entrada fue publicada el febrero 25, 2010 a las 7:36 pm. Se guardó como Lecturas, Poesía y etiquetado como , , , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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