Cuadernos africanos

Alfonso Armada fue corresponsal en África del diario El País y de su experiencia nacen estos Cuadernos Africanos, compuestos por sus diarios de 1994 a 1997 y por los artículos que publicó durante ese tiempo. Su obra supone un estremecedor testimonio sobre el oficio de periodista en situaciones de conflicto: Armada es un escritor sincero y no oculta las contradicciones y remordimientos que le asaltan, las dudas que invaden su escritura, los fantasmas que le persiguen. Armada es un certero observador que busca los orígenes del conflicto, pero sobre todo es un ser humano que se ve sacudido por su propia conciencia. Cuadernos africanos es un libro imprescindible para aquellos que han sentido la herida de África.

Aquí te enfrentas cada día: a tu propio destino y a tu extraña condición de ser humano. Yo, como otros, me escudo en mi papel de periodista y pienso que ya hago suficiente internándome cada día en los campos, acercándome a los muertos, preguntándole a los vivos, enfrentándome a sus miradas y escribiendo sin cesar lo que escucho y lo que veo. Pero es una ficción, un subterfugio. No es bastante, no basta, no corrige la exactitud y la potencia del mal, no lo rebaja, ni mucho menos lo derrota, no oscurece la obscenidad de la muerte, el escándalo de los cadáveres amontonándose por centenares, por millares, en los arcenes de las carreteras que yo he venido a grabar en mi retina. ¿Para qué? ¿Para que la conciencia del mundo se conmueva y haga lo que yo no puedo, no sé, no quiero hacer?

Cuadernos Africanos[…]

A Kapuscinski le indigna lo que interpreta como una reedición contemporánea del colonialismo: las únicas noticias de África que atraviesan el telón de la indiferencia son las que nos ratifican en un prejuicio atroz, el de que es un continente poblado por pueblos salvajes que sólo saben matar y morir. Una condena dictada a menudo por la soberbia y el desconocimiento (de la propia historia y de la historia de África), en la que se olvida interesadamente el papel desempeñado por las potencias coloniales: desde el comercio de esclavos que marcó indeleblemente a los africanos y robó sus mejores fuerzas al trazo burdo de fronteras basadas en los intereses económicos de las metrópolis, desde el saqueo de los recursos al abuso del escenario africano para dirimir y descargar los recalentamientos de la guerra fría, desde el desprecio por el sufrimiento de los pueblos a la complicidad con los dictadores dóciles (excelentes clientes en el mercado de las armas) a la hora de garantizar el libre acceso de las multinacionales a las fuentes de la riqueza.

[…]

En su formidable (y demasiado olvidado) libro-artefacto La sociedad del espectáculo, Guy Debord, el principal fogonero del ténder situacionista, un movimiento que ayudó a desgarrar las interesadas sombras de este siglo, sigue ofreciendo destornilladores y martillos para desmontar los decorados que los medios de comunicación de masas ofrecen de lo que ocurre (de lo que dicen que presuntamente ocurre): ese destilado de presunta razón que se autoproclama sin más ideología que la de la búsqueda de la verdad y a la que cada vez le cuesta más trabajo esconder que su única brújula es vender. Dice Debord, el fogonero: “el espectáculo es la ideología por excelencia, porque expone y manifiesta en toda su plenitud la esencia de todo sistema ideológico: el empobrecimiento, la sumisión y la negación de la vida real”. Y, en medio de esa catástrofe inmóvil que casi nadie acierta a ver, África como epítome y paradigma del fracaso de las sociedades que no se entregan al alegre matrimonio del libre comercio y la sociedad del espectáculo. África se vuelve rabiosamente necesaria, asomándose periódicamente a las pantallas que como un espejo retratan al minuto el rostro de la era, cumpliendo una tarea heroica: la de hacernos entender, como quieren los nuevos atletas de la razón (miserias de la filosofía), que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Una realidad que nadie comprende porque es incomprensible ahora que hemos llegado a la explanada del fin de la historia: un extraordinario cine para ciegos. Vuelvo los ojos hacia África en pos de un sentido que huye debajo de esas grandes capas de muerte, que son las únicas que compra este Primer Mundo para reafirmarse en su inapelable superioridad técnica y moral. En su artículo “África: el corazón de las tinieblas”, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, un escritor que no se resigna a que todo esté escrito o a que todo deba ser escrito bajo la misma óptica, dice: “Las crónicas sobre la realidad de África suelen ignorar el contexto de los sucesos y de ahí que describan un mundo incomprensible. En esas crónicas se nos presenta un Tercer Mundo plagado de atrocidades, es decir, de los sucesos que, fotografiados, causan un mayor impacto. Nadie trata de entender y luego de explicar por qué, en un determinado momento, un millón de personas se pone en marcha. En las crónicas se hacen generalizaciones inadmisibles, generalizaciones que consolidan el estereotipo de que África es un continente de bárbaros”.

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Allí no se fabricaron esos magníficos artilugios de fuego. He ahí una cuestión. Lo peor y lo mejor de ellos y de nosotros. No hay por qué idealizar al buen salvaje anterior a nuestra irrupción en sus vidas –si es que esa ficción de Occidente existía- ni de convertir todo nuestro mundo en chatarra ideológica al servicio del imperio del mercado y las migajas de la nada. No hay por qué. Escribo y me preparo. Como si fuera una especie de budista. Para la acción y para la calma, no para el sacrifico.

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Occidente derrama lágrimas de cocodrilo mientras mira hacia otra parte. El secretario general de Naciones Unidas, el egipcio Butros-Gali, proclama su vergüenza y su escándalo ante un genocidio que sólo tiene parangón con la solución final de los nazis. Pero las cámaras de gas de Alemania tienen en Ruanda la forma de un machete. Frente a la tecnología alemana, la intimidad y la cercanía del machete, aplicado de tú a tú en un vis a vis definitivo.

La Radio de la Mil Colinas, portavoz del Gobierno hutu, era muy explícita al respecto: “Las tumbas están solo medio llenas. Tenemos que completar la tarea. Cometimos un error hace treinta años dejándoles huir al exilio. Esta vez no escapará ninguno. Cuando mates ratas no permitas que una sola preñada escape”. Se trata de nettoyage, la solución final para Ruanda. Grandes cementerios bajo la luna gigante de África.

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Ahora nos iremos a cenar –con cerveza y agua fría- en un restaurante cercano: “El mejor de Goma”, nos han dicho. ¿Es normal eso? ¿Cuántos refugiados cabrían aquí, a cuántos podríamos salvar con nuestra agua y nuestra comida? Tal vez sea ése un argumento para una obra de teatro, igual que todas las miradas que cámaras, objetivos, periodistas ponen en las víctimas de desastres como éste para servirlos en los comedores domésticos. A ellos se les estropea el desayuno, o la comida, o la cena. A nosotros, que venimos aquí, que a veces nos jugamos la vida, no. Podemos dormir y cenar con todo eso a cuestas, y pensamos que ya que estamos aquí y removemos sus conciencias tal vez tengamos más derecho que ellos (¿los que dejamos en casa?) a nuestra cama y a nuestra cena.

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Fotógrafo 1. Lo bueno de los muertos es que nunca te salen movidos.

Fotógrafo 2. ¿Y qué me dices de los agonizantes?

Fotógrafo 1. Basta con sentarse a mirar por el objetivo. Siempre tienen la gentileza de congelarse un instante antes del estertor final.

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No digo que soy mejor aquí, porque soy el mismo, sino que casi no me permito pensar en mí mismo, arrebatado por la elocuencia y la prisa de los hechos, por la necesidad de verlo todo y de escribirlo, de lanzarlo lejos de aquí, donde pueda cumplir su razón de ser: escribir para el incendio, para que algo ocurra, para que la conciencia no se extinga, para que el mal no se extienda, no quede impune, no se repita.

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Si uno pregunta a un niño ruandés a quién teme más la respuesta dependerá de a qué etnia pertenece. Si es hutu temerá al demonio tutsi. Si es tutsi al demonio hutu. Hay pocos en Ruanda que no se hayan pringado las manos de sangre. Hasta muchos niños han aprendido a rematar con una piedra al enemigo. Enseñanzas de primera mano. Así resulta fácil escuchar en Occidente que África no tiene remedio porque se desangra en luchas tribales. Una explicación mítica que como tal no tiene trasfondo histórico. Todo se reduce a odio que se remonta a la noche de los tiempos, que es una frase redonda para acostarse, para volver la cara, incluso suficiente para enviar un donativo que palie el sufrimiento de los inocentes. Ruanda quería sumarse a la economía mundial, y su Gobierno se dejó aconsejar por los técnicos del FMI. Tras la implantación de las medidas políticas de ajuste del FMI los salarios descendieron un 30%. La tierra de Ruanda es óptima para el café y el té. ¿Por qué no dedicar la mayor parte de los cultivos al café y al té para poder competir en el mercado mundial? Así se hizo. Hasta que los precios se derrumbaron y la economía precaria se hizo inexistente. El hambre se duplicó. Un terreno inhábil, agónico, y un café que no se puede convertir en tortas. Nuevas oleadas de niños sin escuela y de jóvenes parados, absorbidos por partidos que se dedicaron a formarles como milicianos. En Ruanda, antes de la catástrofe, sólo el 10% de los jóvenes seguía estudios secundarios. En Ruanda, como en buena parte del África subsahariana, más del 60% de la población es analfabeta. Oídos preparados para la ferocidad de una radio sin escrúpulos, como la gubernamental de las Mil Colinas. Oídos inocentes para dejarse iluminar por los interhamwe, la milicia juvenil del MRND, el partido fundado por el presidente Habyarimana. Oídos fáciles para el plomo del odio que vertían los impuzamugambi, milicias que hablaban sin ambages de la solución final. No es de extrañar que en esta tierra el odio fructifique tanto.

El peligro de la compasión es que no avanza en las raíces de la injusticia y a veces consagra el desastre como un estado natural de algunos territorios. Es el peligro de los ojos de los niños. Es un mal común a toda África. Los donativos ayudan a paliar un desastre que no tiene fin. Pero sin desarrollo y sin democracia la escudilla de hoy es el hambre de mañana. Hay culpas concretas, como la de muchos estados –con Francia a la cabeza- que durante decenios han preferido conservar sus viejos lazo coloniales con los caudillos a cambio de influencia y una buena tajada en el mercado de armas local en vez de invertir en desarrollo y democracia. Hay culpas a ambos lados del mar. Los inocentes, sus cadáveres, sus costillas al aire, mientras tanto, se cuentan por millones. En Ruanda, la maldad en su grado extremo se ha cobrado algunas piezas antológicas, como las estampas de niños mamando del pecho exangüe de su madre muerta. Una metáfora que no es tal. Pero la compasión se fatiga y la desigualdad no cesa. Por eso no hay que apartar los ojos de África una vez que pasamos la página con el silencio terrible del niño que mira. Ojos voraces. Labios sellados. Para que África, donde se irguió el primer hombre, salga de la condena en la que la sumimos en el pasado y la seguimos sumiendo cada día.

[…]

Sudán mantiene a salvo su misterio. Abrimos puertas que conducen a otras puertas que conducen a otras puertas y vemos sombras que se refieren a otras sombras, sobre un gran telón silencioso de sufrimiento humano. Digo que las palabras sirven, y que por eso, contra toda esperanza, las sigo empleando.

[…]

Desde el piso 12 no se oye el rumor del gran río Congo camino del océano. Desde el interior de la habitación 1242 del hotel Intercontinental no se oye el rumor de la miseria que repta sobre el barro de todos los barrios en los que se descompone cada día esta ciudad de casi cinco millones de habitantes. Desde esta mesa de espaldas a la noche no se oyen las voces, los gritos, no se vislumbran las sombras, las luces turbias, no se huelen los montones de basura y de agua estancada que carcome los cimientos de lo que acaso en el pasado fue una especie de vida. Pago mi cuota de responsabilidad bajando de vez en cuando a los suburbios más olvidados del sistema (no me quedo resistiendo en medio de ellos, como hacen tantos religiosos y religiosas, perfectamente anónimos), y luego regreso a casa hasta que el traje de aparentar que el mundo tiene un destino vuelva a reventar por otra costura o se desgarre en medio de la tela y por el agujero broten rodando nuevas oleadas de cadáveres. No sé a qué Moloch estamos sacrificando tantos inocentes. No quiero apartar la mirada de sus ojos fijos, interrogantes como espadas mudas. Los miro como si les tomara el pulso y vuelvo a hacer las mismas preguntas una y otra vez, y luego me siento a escribir en mi campito de tierra impresa. Es tarde en los manómetros de la oscuridad. No apartar la vista, mirar dentro de las casas, y escribir, y escribir.

[…]

Más de una vez, después de Sarajevo, después de Ruanda, he sentido la inutilidad de todas las palabras con las que cuidadosamente trato de describir lo que veo y lo que siento. La sensación de que tanto el sufrimiento como su relato son inútiles (inútiles para alterar el estado de las cosas) me traba como un perro los tobillos. Pero no por ello dejo de insistir, dejo de, acaso, ser testigo, de mirar dentro del horror, de volver al corazón de las tinieblas. Acaso sea ése un perverso sentido: el propio viaje con el que llenar la vida sin dejar de visitar, de vez en cuando, los lugares más atroces del mundo. Porque yo no soy un héroe ni tengo instintos religiosos como los religiosos españoles que me han conmovido aquí.

[…]

La espina dorsal de África, un interrogante entre dos inmensos mares, cruje como un barco a la deriva. Ausente de los paneles económicos y monitores del mundo, sólo reaparece cuando estalla el escándalo de la sangre. Pero pronto vuelve a sumirse en el río seco del olvido. Es una de las muchas maldiciones de África. Como si los africanos no jugaran al fútbol, no durmieran, no amaran, no cultivaran, no construyeran. El panorama que llega es el de un desgarro sin fin. “A partir de este momento, el peligro en buena parte del continente es la pura destrucción o el caos generalizado. La desestabilización es palmaria en Somalia, Liberia y Angola. La pura destrucción triunfó el 6 de abril de 1994 en Ruanda, destrozando cualquier patrón de referencia en la historia contemporánea de África. El genocidio se consumó de forma tan inimaginable como ilimitada”. El escritor congoleño Ange Séverin Malanda ofrece este diagnóstico desalentador de su propio paisaje. En el espacio de cuarenta años, el África subsahariana ha padecido 35 grandes conflictos, que han causado 10 millones de muertos y lanzado a los caminos a 20 millones de refugiados y desplazados. La mayor parte de los enfrentamientos han sido de carácter interno. A vista de pájaro, el estado de las cosas ha mejorado algo. En 1990 se podían contabilizar 13 conflictos abiertos: grandes guerras civiles en Etiopía, Angola, Liberia, Mozambique Somalia y Chad; conflictos armados de minorías (religiosas y étnicas) en Uganda, Mali, Mauritania, Senegal, Sáhara occidental, Sudán, Burundi y Ruanda, a los que se añadía la guerra civil larvada en Suráfrica. La liberación de Nelson Mandela en 1990 y la legalización del Congreso Nacional Africano abrió la puerta para negociar el fin de la primacía blanca. La independencia de Eritrea del tronco etíope en 1993 y la elección de Mandela como presidente de Suráfrica en 1994 culminaron las aspiraciones africanas de independencia nacional, con la única excepción del Sáhara occidental. En 1996, la cuestión del antiguo Sáhara español permanece insoluble a causa de las disputas sobre quién votará en un referéndum aplazado por la ONU desde 1991. Pero las armas han callado. Al contrario que en Argelia, ya fuera del África negra, donde no dejan de sonar.

La guerra que durante 14 años devastó Mozambique se encauzó, gracias a una de los contados éxitos de la ONU, en unas elecciones ejemplares en 1994. En la otra gran antigua colonia portuguesa, Angola, el horror no acaba de encontrar un final digno. La Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA, el movimiento de Jonás Savimbi, que Occidente empleó a fondo contra el Gobierno marxista) rechazó su derrota en las elecciones de 1992, y su regreso a las armas sembró un millón de cadáveres y acabó de desmigajar el país. A mediados de 1995, UNITA y el Gobierno de Luanda alcanzaron un acuerdo de paz minado de desconfianza.

En Chad -sometido, como Sudán y Mauritania a tensiones entre un norte árabe y un sur negro-africano-, un reparto más o menos ajustado del poder ha permitido un apaciguamiento, al tiempo que la renuncia de Libia a la banda de Auzu apagó otro foco bélico. Jerry Rawlings en Ghana y Yoweri Museveni en Uganda han sido buenos alumnos del Banco Mundial y conseguido cierta estabilidad, pero se muestran reticentes al multipartidismo. Las acciones del misterioso Ejército de Resistencia del Señor siembran sombras en la paz de Uganda. Otros países se salvan del desastre: Namibia, Botsuana, Mauricio y Cabo Verde, y, con incertidumbres: Tanzania y Burkina Faso. En Etiopía preparan una revolucionaria constitución que permitirá, tras numerosos requisitos, la secesión, y que ha servido de modelo a la que se discute en Suráfrica.

Los conflictos de Sudán, Liberia y Somalia han pasado por diversas fases, pero están en plena efusión de sangre. La dictadura islámico-militar sudanesa, dirigida en la sombra por Hasan al Turabi, ha declarado la guerra a muerte a las guerrillas cristianas y animistas negras del sur, un conflicto que se ha cobrado ya un millón de vidas. Ante la voladura del Estado somalí, cuyos despojos se disputan varios señores de la guerra, y tras el fracaso de la misión pacificadora de la ONU y EE UU, la antigua Somalia británica, al este del Cuerno de África, reclama la independencia bajo el antiguo nombre de República de Somaliland. Liberia, que arrastra una guerra civil que en seis años ha sembrado 150.000 cadáveres y centenares de miles de refugiados y desplazados, ha vuelto a zambullirse en el pillaje y la destrucción, ahora con más exacerbados ribetes étnicos, después de un nublado acuerdo de paz entre las seis principales facciones en agosto pasado. Sierra Leona, donde la guerra civil alcanzó grados de crueldad difíciles de imaginar, celebró unas concurridas elecciones en las que la población mostró su hastío de la muerte. Pero el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos estima poco probable que Liberia y Sierra Leona vuelvan a ser los Estados que han sido. En Malí y Níger se mantiene con alfileres el acuerdo con los tuareg, aunque el golpe militar de enero en Níger ha encendido la inquietud. Como los recientes motines militares en Guinea Conakry y la República Centroafricana.

El asesinato en 1993 del primer presidente hutu de Burundi, Melchor Ndadaye, reabrió el ciclo de matanzas. Hasta mil muertos mensuales ha llegado a contabilizar Amnistía Internacional en esta antigua colonia belga, una senda que se parece demasiado a la locura genocida de 1994 en Ruanda, uno de los países más pobres y más densamente poblados del mundo. Un sospechoso accidente aéreo del presidente Juvenal Habyarimana en abril de 1994 hizo astillas el acuerdo de paz entre la guerrilla tutsi del Frente Patriótico Ruandés y el Gobierno hutu, que desencadenó el genocidio contra la minoría tutsi y los hutus partidarios de compartir el poder. Cerca de un millón de cadáveres regaron las empobrecidas tierras ruandesas. La ONU fracasó a la hora de parar la guerra y la matanza en Ruanda, y la intervención francesa, la Operación Turquesa, disfrazada de humanitaria, sirvió sobre todo para permitir la huida del Gobierno hutu y de los instigadores y ejecutores de la limpieza étnica. Dos millones de refugiados ruandeses siguen a la espera en Tanzania y Zaire, pero es difícil que se animen a volver cuando 65.000 personas esperan juicio en las pavorosas prisiones ruandesas.

Las antiguas potencias coloniales priman los intereses económicos y comerciales por encima de cualquier otro. La prueba más reciente y más dramática la acaba de ofrecer Jacques Chirac al recibir en París al mariscal zaireño Mobutu Sese Seko, el dictador decano del continente. El medio ambiente sufre agresiones salvajes, como ejemplifica el delta del Níger, con la codicia de compañías petrolíferas, como la angloholandesa Shell. Las denuncias del escritor Ken Saro Wiwa y otros ocho dirigentes ogoni tuvo como obsceno escarmiento su ejecución el pasado noviembre en un juicio-farsa, sin que la dictadura de Sani Abacha prestara oídos a la campaña internacional. En Ruanda, como en Nigeria en 1966 y con posterioridad en Kenia, Burundi, Zaire y Suráfrica, los líderes políticos han encendido las llamas de la violencia política cuando han visto amenazados sus privilegios.

El grueso del Ejército de Senegal (considerado el mejor del continente) permanece movilizado en la región de Casamance, al sur del país, para contener la revuelta independentista. La guerrilla afar, al norte de Yibuti, aunque desunida, sigue sin ser completamente derrotada. Nuevos y viejos conflictos se tensan y destensan impulsados por más o menos oscuras razones políticas: la zona de Halaib, en el mar Rojo, disputada entre Sudán y Egipto; la pequeña península de Bakassi, en el golfo de Guinea, reivindicada por Camerún y Nigeria, o la isla de Mayotte, que las Comoras reclaman a Francia, la antigua metrópoli que impidió que prosperara el golpe que el mercenario Bob Denard desencadenó en septiembre pasado. Hay conflictos étnicos al norte de Camerún, al norte de Ghana, al noroeste de Kenia y en las dos principales regiones de Zaire (Shaba, antigua Katanga, y Kivu) y en Suráfrica (entre zulúes y xhosa). En Kenia, antiguo modelo de estabilidad, los conflictos étnicos con nativos de Somalia y Sudán, huidos de sus países, la corrupción rampante y el poder casi absoluto de Daniel Arap Moi resquebrajan el sistema. En Zaire, que encara su séptimo año de transición hacia ninguna parte con Mobutu, “una cuenta corriente ambulante con gorro de leopardo”, como lo definió un ministro francés, la vida empeora cada día. En Guinea Ecuatorial, él dictador Teodoro Obiang ha encontrado en las compañías petrolíferas estadounidenses, con Mobil a la cabeza, una fuente de ingresos para perpetuarse. Para el analista estadounidense William Pfaff los principales culpables del actual desastre son las potencias europeas que destruyeron los sistemas sociales y políticos del continente. Para Pfaff son las antiguas metrópolis, que reciben un constante flujo de desesperados en busca de una vida mejor, las que deben implicarse a fondo. […] Antes de que los europeos hollaran África había allí sociedades que funcionaban con varios grados de desarrollo, con caracteres culturales, económicos y sociales propios, pasados a cuchillo por el colonialismo. El tráfico de esclavos fue el primer paso en la destrucción del alma y el cuerpo de África. Para el ensayista Robert Heillbroner, “la penetración económica llegó sin nada de la preparación histórica que acompañó su desarrollo en Europa. El imperialismo impuso a sus colonias un viraje radical hacia el capitalismo […], nunca vio a los nativos como iguales y los trató siempre como inferiores”.

[…]

Sólo hoy he podido tomar algo de distancia de ese asesinato que cometieron ayer ante mis ojos sin que yo hiciera nada más que ver: testigo impune, cómplice por omisión, por no haber sabido parar ese crimen. Uno se refugia en la escritura pensando que es su forma de intervenir en el mal, de tratar de corregir el turbio estado de las cosas. Y no es suficiente. No basta. El periodismo saca del agua su osamenta oxidada: la de Liberia es otra de esas guerras en la periferia, fuera del orden normal, lo que el Primer Mundo mantiene a fuego lento lejos de sus fronteras. Ahora ya sé que, sin embargo, ayer no supe: primero dar un paso (recuerdo con terror cuando pensé que el joven ensangrentado podía haber corrido hacia nosotros para abrazarse a uno de estos blancos para intentar salvar la vida), después haberle dedicado todas mis palabras del día. ¿Qué clase de juego cruel es este? […] Trato de entender las causas de esta y de otras feroces guerras civiles africanas, trato de entender las razones del hundimiento de todo un continente saqueado y esclavizado por Occidente, trato de conocer las razones de las etnias y sus agravios y sus resentimientos, pero hay una violencia que es difícil de descifrar, como el asesinato de ayer ante mis propios ojos, cuando una pandilla de jóvenes juntó su odio, su inconsciencia, su animal interior, su fiereza y su impiedad para acabar con la vida de uno de los suyos. […] Miro el mar a través de la ventana: una hermosísima luz deslía la tarde y el mar de Monrovia. Un espejismo. Los tiroteos y los crímenes volverán de un momento a otro. De alguna manera nunca se han interrumpido. Paso la página, leeré un poco, me lavaré el cuerpo, cenaré con mis colegas, reiremos para espantar la desazón y el malestar y el miedo, dormiré, me iré de aquí. ¿Cuál es el sentido de esta vida?

[…]

No basta con poner palabras conmovedoras al desastre: es preciso indagar en los motivos del miedo y en las razones del odio, que la historia siga sirviendo para explicar la frecuencia de la sangre, aunque las palabras (y menos las que se publican a miles de kilómetros del lugar de los hechos) no sirvan para enjugarla ni para que no vuelva a fluir.

[…]

Porque cada noche, cada día de mi vida, debiera reservarme un momento así: sentado, solo, en silencio, ante una mesa […], para dedicar unos instantes a para el reloj, a ver el reflejo del día en el cristal tintado por la noche, a interpretar el silencio y los sonidos de la casa (o de este Novotel de Bujumbura, habitación 200), a pesar el cuco del corazón y a llamar con los nudillos y con la palma de la mano a la tabla del pecho, que a veces es un ataúd y otras una puerta. Escribo, que es también una forma intensa de vivir.

[…]

Al poco se acerca otro niño tambaleante y apoya su cabecita en mi cintura y se deja adormecer. Imagino: ese contraste inmediato, brutal, obsceno e irreparable entre lo que la mayoría de nuestros niños de Occidente tienen y lo que los niños de este hemisferio llevan escrito con tinta indeleble en el cuaderno del porvenir: digo irreparable y escribo indeleble. A menos que decida intervenir en la vida de una niña, o de un solo niños: y la suya y la mía cambien para siempre. De cierto que no cambiará la historia de Liberia, pero sí la suya y la mía. Dejo por un instante que sean los sentimientos los que hablen. ¿Con qué consecuencias? Acabo separándome de la niña, dejo de verla llorar, dejo de imaginar y dejo que pase un día entero antes de escribir acerca de ella. Ni siquiera –tal vez por precaución- pregunté su nombre. Y sigo escribiendo una noche más. Inútil.

[…]

Algo terrible se acerca por el horizonte, sobre el terreno de piedra volcánica, bajo la mirada silenciosa de los volcanes azules de Zaire. Un sufrimiento para el que todavía no tenemos oídos, ni manos, ni corazón. Un dolor para el que carecemos de herramientas y palabras adecuadas junto a esta belleza tan inútil como sobrecogedora.

[…]

Lo ojos. Me asomo a la ventanilla para no perderme nada, para empaparme de todo ese dolor en marcha: fantasmas desfilando en una noche que el mundo ha empezado a olvidar a marchas forzadas. Los tremendos fardos parece como si se desplazaran solos por las carreteras empinadas del noroeste ruandés, y no son insectos los que mueven los pies como una máquina que no conoce su destino. ¿Qué voluntad, qué ceguera, qué confianza, qué capacidad de resistir los empellones de la vida hay en esos hombres, mujeres y niños ruandeses que regresan por sus propios medios de un exilio atroz? Los ojos. Los miro y me miran. Y el dolor empieza a contagiarme. Y la comprensión y la rabia trazan una equis sobre los campos saqueados. Aquí estuvieron. Cabañas improvisadas con dos cañas dobladas para pasar la noche. Los ojos que no son desafiantes ni de súplica. Ojos que se miran en los ojos: intento que mi compasión no sea visible, intento ponerme a su altura, como miraría un compañero afortunado a otro que está pasando una mala racha. Entender es una vida.

[…]

Las dos últimas noches en Kigali. El sueño me vence. Ni siquiera puedo formular en mi cabeza dos frases seguidas. Se me apagan las luces. Tal vez por eso sigo. A veces, en estos momentos en que las tinieblas y la luz se quitan el pan de la boca, surgen imágenes inesperadas que apenas si da tiempo de describir. Sueño que come sueño. Sombras que mastican sombras.

[…]

Aquí, en África, se extrañan de que no esté casado, de que no tenga ningún hijo. Aquí, donde cada padre y cada madre revelan con orgullo y alegría cinco, siete, diez hijos. ¿Qué clase de miedo […] nos atenaza en Occidente para no saber vivir? Porque ¿acaso podemos decirles a estos africanos aplastados por la miseria y una vida insoportable, pero que no por ello pierden el humor, que son ellos los que no saben cómo vivir?

[…]

¿Qué Congo? ¿Qué África? ¿Cómo contar si ni siquiera sé contarme a mí mismo? La prosa se me escurre entre las manos como los diamantes a los cresseurs de Mbuji Mayi. Escarbo en la historia, pregunto a todos, trato de limpiar mis oídos de la vieja escoria europea. Pero no puedo arrancarme la infancia, teñirme la piel, borrarme la memoria, romper en pedazos el espejo del lenguaje. Es con estas palabras con las que me muevo por el mundo, y África forma parte de ese mundo: en este continente plantamos nuestras efigies y sobre su costra vegetal pasamos nuestras lupas de tantos aumentos como filtros. Son tantas las tentaciones literarias y tan intensas las imágenes dibujadas con anterioridad. Y más en Congo desde que Joseph Conrad escribiera su Corazón de las tinieblas. ¿Cuánto colonialismo teñido de anticolonialismo hay en esa lengua que se proyecta para poder adentrarse por un río incalculable, por un río que no sólo se remonta hasta el corazón de un continente difícil de comprender sino quizá hasta el lago primordial de nuestros miedos? Aquí la luz es a veces tan dura, tan aplastante, que para ver algo hay que cerrar poderosamente los ojos.

[…]

Puri Díez, a la que también se le hace a veces cuesta arriba soportar tanta penuria, se resiste “contra el fatalismo tan frecuente de los africanos” y recuerda: “Me dicen que es Dios quien quiere que vivan así, en medio de la miseria. Yo les digo que no, que tienen que rebelarse contra eso, que son los hombres, los que sólo buscan el dinero y el poder, los que les quieren así. Porque yo no creo que Dios esté por el sufrimiento de nadie”. La noche de África es un hervidero: a veces de gritos de animales; a veces, como estas noches de Brazzaville, de trazadoras y armas automáticas. A la razón le cuesta revolverse contra la tentación que Joseph Conrad leyó en el río, contra ese corazón de las tinieblas que nos sobrecoge por su exactitud, pero que no explica el origen del infierno.

[…]

He vuelto a escuchar de cerca el estruendo de armas automáticas y morteros, he vuelto a ver las caras idénticas de los guerrilleros, y la destrucción de otra ciudad africana. ¿Para qué? Miseria sobre la miseria, ceniza sobre el polvo. Y volver de nuevo al ojo de otro huracán para intentar contarlo: sin caer en la repetición, en los lugares comunes, en lo incorregible africano o en el colonialismo como padre de todos los pecados y que en su indiscriminado empleo encierra otra forma de racismo y de paternalismo.

[…]

Escribo para que sea cierto que he estado aquí, que conozco las noches de Brazzaville, aunque he visto su vida (calles concurridas, mercados, bares) y su muerte (tiendas saqueadas, cadáveres que nadie recoge y que las moscas, los perros y el sol devoran lentamente) desde un coche y con escolta armada: porque el miedo es libre y es sólo con ese miedo y con esa escolta armada como nos hemos podido mover aquí. Y a través de esas alambradas no se puede ver ningún país ni escuchar el ritmo secreto de un corazón. Hay un gran miedo, y una barrera metálica forjada por la inteligencia, que nos permite contemplar todos estos hechos desde una distancia salvadora. Y con esa falsa conciencia volvemos a nuestras casas lejos de aquí y nos permitimos el lujo de creernos vacunados contra estos errores atroces que derraman sangre como si fuera esperma: una enfermedad de nuestra condición.

[…]

Una camisa perfectamente arrugada, una ciudad desconocida, sumida en el fango, víctima tanto de su riqueza como de su desidia, con dirigentes sin escrúpulos que han comido sin torcer el gesto panes crueles, amasados con la sangre de sus propios compañeros de combate y travesía, torturados hasta la extenuación y demasiadas veces desmembrados sólo por desviacionistas, fraccionistas, revisionistas, disidentes de una línea que habla de historia, independencia, socialismo o cualquier otra gran instancia ideológica con la que fabricar una gran mentira que cubra la desnudez y la maldita riqueza de un país. Como si hubiera algún motivo legítimo para torturar y comportarse como casi ningún animal, como ningún animal que sepamos: porque ninguno disfraza o alimenta ese fuego lento con algo parecido a conciencia, premeditación, memoria. La riqueza de Angola ha sido su maldición. Y también explica en qué se han convertido ciudades como Luanda: pura lepra, pura descomposición física, moral, humana. Una podredumbre que asfixia y se convierte en una suerte de específica nacionalidad africana.

[…]

Me muevo y es como si no me moviera. Escribo y es como si no escribiera. Escribir, escribir, escribir para que el futuro no sea de ceniza muerta, para que el estado de las cosas no sea esta maldita condena por doquier.

Alfonso Armada: Cuadernos Africanos (Península – Altaïr Viajes)

El rumor de la frontera, otra obra de Alfonso Armada en OTRA FORMA DE MIRAR

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Esta entrada fue publicada el febrero 9, 2010 a las 4:04 pm. Se guardó como Lecturas, Narrativa y etiquetado como , , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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