Hirbet Hiza. Un pueblo árabe

Todo, todo sea por los refugiados, por su bienestar y su redención… Pero se trataba, naturalmente, de nuestros refugiados. Mientras que estos que nosotros deportábamos y convertíamos en refugiados, estos eran algo completamente diferente. Pero espera: dos mil años de exilio. Que no es precisamente poco. Matanzas de judíos. Europa. Ahora éramos nosotros los señores…

Hirbet Hiza

[…]

En efecto, todo esto sucedió hace ya mucho, pero desde entonces no he dejado de pensar en ello. Me propuse sumergirlo en los abismos más profundos del pasado, restarle importancia, diluirlo en el fluir de los acontecimientos, y hasta conseguí, en ocasiones, encogerme de hombros con indiferencia y convencerme de que aquel asunto, pese a todo, no había tenido lugar, aquel horror, y sentí agradecimiento por la serenidad de mi carácter, que, como se sabe, es cualidad hermana de la verdadera sabiduría. Pero de vez en cuando volvía a verme asaltado por el estupor que produce saber que es tan fácil ilusionarse, dejarse engañar a sabiendas para unirse a toda prisa a la masa grande y general de los mentirosos conformada por la ignorancia, la provechosa apatía y el mero egoísmo desvergonzado, a fin de tergiversar una enorme y única verdad con el astuto encogimiento de hombros de un experimentado criminal.

[…]

Y es que ¿quién hay que sepa esperar mejor que un soldado? No existe momento ni lugar en que los soldados no tengan que aguardar. Está la espera en el puesto fortificado, la espera que precede el ataque, la espera antes de la partida, la espera de la tregua; la espera larga y despiadada, la espera perturbadora y llena de dudas, lo mismo que la espera aburrida, la que lo devora y calcina todo, sin fuego ni humo, sin propósito y vacía de todo. Lo principal, entonces, es hacerse con un lugar en el que tenderse a esperar, y ¿dónde no nos habíamos tendido ya nosotros?

[…]

Y cuando finalmente soplaba la benigna brisa marina y retiraba y apartaba las sucias cortinas de polvo que había traído la furia del siroco, hasta nacía en uno cierto sentimiento de esperanza que, en todo caso, terminaría por quedar en nada. Y al instante le desgarraba a uno las entrañas un alarido de tristeza al recordar a las chicas, ya fuera a las chicas en general o a una en particular, solo que la brisa no había llegado a recoger las alas cuando ya las corrientes de aire turbio, con su potencia desgarradora, volvían a cubrir ese breve momento de bonanza del que al final no quedaba más que un empañado torbellino de sentimientos. Entonces se presentaba de inmediato la necesidad de venganza, de destruir y destrozar, o aunque solo fuera de pisotear algo, y nos poníamos a golpear al camello que giraba alrededor de la rechinante y goteante noria hasta que nos dolía la mano, y le propinábamos un sinfín de patadas al viejo árabe que se quedaba allí de guardia para ayudar a extraer el agua con el único propósito de asegurar que el camello hiciera bien su trabajo, por lo que lo sujetaba de la maroma y daba vueltas y más vueltas con él, una y otra vez durante largas horas, el camello y él juntos; o disparábamos decenas de balas a un perro asustado hasta derribarlo para, a continuación, enzarzarnos con cualquiera en una discusión a muerte antes de volver a caer en el aburrimiento y la indolencia, en las comidas aborrecibles y repugnantes que consistían, tras unos cuantos bocados, en lanzar la lata con la mano o de una patada lo más cerca posible del infierno, además de cometer otras muchas tropelías mientras esperábamos que sucediera lo que tenía que suceder, que aconteciera de inmediato, que pasara algo ya, ¡por todos los diablos!

[…]

Porque llega un día en el que esos pueblos vacíos empiezan a clamar. Pasa uno cerca de ellos y de repente, según lo impresionable que uno sea y sin sabe desde dónde, los ojos ocultos de las paredes, de los patios y de las callejuelas se convierten en silenciosa compañía. Es el mutismo de las ruinas abandonadas. Se le revuelve a uno la bilis. Porque sucede que de repente, en pleno mediodía o antes de que avance la tarde, el pueblo, que hasta hace tan solo un momento no era más que unas pocas chozas solitarias sumidas en un silencio de orfandad, en un duro silencio que, como un triste responso le encoge a uno el corazón y lo invade todo, ese pueblo, grande y melancólico, empieza a entonar el canto de los objetos de los que el alma ha huido; el canto de los objetos de los que el alma ha huido; el canto de las obras fruto de la mano del hombre que han vuelto a su primitiva forma de materia informe; el canto porfiado que anuncia la desgracia repentina y que queda congelado en el aire como una maldición que no va más allá de la comisura de los labios, y el miedo, Señor del universo, el pavoroso espanto que clama desde allí, y ese resplandor aquí y allá, una especie de chispa de venganza, del que llama a la lucha, ¡del Dios vengativo que se hace presente!… Esos pueblos vacíos… ¿Acaso habrá realmente algún culpable en ellos?

[…]

¿Qué solución podía haber?

El valle se encontraba en calma. Alguien habló ya de la cena. A lo lejos, en lo que parecía el final del camino de tierra, iba desapareciendo en la distancia el último camión, cada vez más difuminado, tambaleándose como los camiones pesados que van cargados de fruta, de grano o de algo. El dolor por el ultraje cometido y la ira de sentirse uno impotente se transformarían rápidamente en una especie de simple punzada, una vaga desazón que se iría apagando. De repente el futuro parecía tan abierto, tan grande, inmenso. Mientras, nosotros nos íbamos haciendo cada vez más pequeños e insignificantes. Al cabo de un rato descendería sobre el mundo esa hora en la que tan agradable resulta volver del trabajo, regresar cansado y encontrarse con alguien. A nuestro alrededor se iba imponiendo el silencio, que poco a poco invadiría hasta el último rincón. Y cuando el silencio reinara sobre todas las cosas y nadie se atreviera a profanar el reposo, que se agitaría callado por lo que escondía ese silencio, llegaría Dios para bajar al valle, vagar por él y ser testigo de su clamor.

Mayo de 1949

S. Yizhar: Hirbet Hiza. Un pueblo árabe (Minúscula)

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Esta entrada fue publicada el enero 12, 2010 a las 9:30 pm. Se guardó como Lecturas, Narrativa y etiquetado como , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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