Un día más con vida

Yo no tenía salvoconducto para moverme por aquella zona, porque en el frente sur -que era el más débil, el más abandonado, el peor organizado y el peor armado- no dejaban penetrar a nadie. Pero pensé que a lo mejor me las arreglaría solo. Eso pensé, aunque a decir verdad no pensé en absoluto, pues si de verdad hubiese reflexionado, seguramente se me habrían quitado las ganas de aventurarme por aquellos parajes. Por otra parte, no obstante, si me lo hubiese vuelto a plantear, seguramente sí habría decidido que quería hacerlo, porque considero que no debo escribir sobre personas con las cuales no haya vivido, aunque sólo fuera una pequeña parte, lo mismo que viven ellas.

En la parte inferior de la balaustrada están, de pie, los prisioneros del FNLA, esos ciento veinte hombres que esta mañana han caído prisioneros durante la batalla por Caxito. En el lado exterior, el que da a la calle y a la plaza del mercado, están sus guardianes del MPLA. Una veintena escasa.
Los prisioneros y los guardianes mantienen una conversación muy animada: discuten sobre el resultado del partido de ayer. Ayer domingo, en el estado de Luanda, el Benfica ganó al Ferroviario por 2 a 1. Este último equipo, que desde hace dos años no ha sufrido ninguna derrota, abandonó el campo en medio de los silbidos de sus propios hinchas. Perdió porque su principal delantero centro, el rey de los goleadores, Chico Gordo, dejó el club y ahora juega en Portugal, en el Sporting de Braga.

Habrían podrido ganar.

No habrían ganado.

¡Qué Chico Gordo ni qué ocho cuartos! Norberto no es peor y aún así ¡han perdido!

Los muchachos discuten, se pelean, divididos en dos bandos. Se sacarían los ojos unos a otros. Sólo que ahora la línea divisoria no pasa a lo largo de la balaustrada. El Ferroviario tiene a sus hinchas tanto entre los prisioneros como entre sus guardianes. Y en el segundo bando, el de los hinchas del Benfica que ahora celebran su magnífico triunfo, también se mezclan presos y carceleros.

Es una discusión ardiente, llena de apasionamiento juvenil, igual que las que se producen entre muchachos que salen de un estadio después de un partido importante y que se pueden observar en cualquier parte del mundo. Enzarzado en una discusión así, uno se olvida de todo.

Y está bien que sea posible olvidarse de todo.

Que sea posible olvidarse de esa batalla que ha hecho que ahora seamos menos, tanto en éste como en el otro lado de la balaustrada de hormigón. Olvidarse de las redadas que montan los soldados de Mobutu. Y de que tenemos que madurar para la guerra, para que cada vez haya menos tiroteos a ciegas y cada vez más muerte.

[…]

Sólo aquellos africanos que han hecho una carrera universitaria y han visto mundo, que saben leer y lo que es una película, sólo éstos han comprendido que la descolonización les ofrecía una oportunidad para subir de golpe muchos peldaños en el escalafón económico, para acumular riquezas y privilegios. Y la aprovecharon con tanta más facilidad cuanto que sus hermanos menos espabilados -y eran diez de cada doce- no reclamaban nada para sí, se conformaban con su casucha de barro y un cuenco de mandioca como con un mundo que les fue dado de una vez para siempre.

[…]

Yo me encontraba en una situación un tanto embarazosa porque no sabía a dónde nos dirigíamos y no era cosa de reconocerlo. Diógenes podría pensar: ¿cómo es que no lo sabe? Entonces, ¿para qué está aquí?, ¿adónde cree que va? ¿Ha llegado hasta aquí y no sabe adónde vamos? Y, sin embargo, era cierto: yo no lo sabía. Por casualidad había dado con un avión en Benguela que me había traído a Lubango. Un mulato a quien había encontrado por casualidad en el aeropuerto de Lubango me había llevado al estado mayor. Un extraño del que no sabía más que su nombre, Nelson, y a quien había visto por primera vez en mi vida, me había metido en un camión. Y ese camión había arrancado enseguida y ahora rodaba pesadamente entre dos paredes de espinosa maleza selvática, hacia un destino que me era desconocido. Todo había sucedido tan repentina y -en cierto modo- categóricamente que no tuve tiempo de reflexionar ni de oponerme.

Íbamos de esta manera: a la izquierda, el flaco intranquilo, aferrado al volante; yo en medio, y Diógenes a la derecha, alerta y con una metralleta asomando por la ventanilla, lista para disparar. El sol estaba en el cenit, la cabina ardía como un horno alto y apestaba a petróleo y sudor. En un determinado momento, Diógenes, que no quitaba los ojos del muro de maleza que se extendía a su lado, espetó:

—No sé si el camarada sabe adónde vamos.

Respondí que no lo sabía.

—Tampoco sé -prosiguió Diógenes sin mirarme- si el camarada sabe lo que significa recorrer el camino que estamos recorriendo ahora.

Volví a responder que no lo sabía.

Diógenes guardó silencio durante un rato, porque subíamos una cuesta y el motor hacía un ruido ensordecedor. Luego dijo:

—Camarada, este camino lleva a Sudáfrica. La frontera está a cuatrocientos cincuenta kilómetros. A cuarenta kilómetros de la frontera hay una pequeña ciudad que se llama Pereira de Eça. Pero el territorio está en manos del enemigo, que se agazapa aquí por todas partes. Al destacamento de Pereira de Eça no ha llegado en el último mes ninguno de nuestros convoyes. Todos los vehículos han caído en emboscadas. Y ahora somos nosotros quienes intentamos alcanzar el destino. Tenemos por delante cuatrocientos kilómetros de camino y en cada metro podemos caer en una emboscada. ¿Ahora lo comprende, camarada?

[…]

La tarea de golpear la mandioca hasta convertirla en una masa dura, crujiente y blanca ocupa a la mujer africana la mitad de su vida. La otra mitad está destinada a embarazos y partos.

[…]

¿Y en Luanda? ¿Qué se puede hacer un domingo en nuestra ciudad abandonada, la cual -como ya se sabe- ya ha sido condenada?

Se puede dormir hasta mediodía.

Se puede manipular el grifo a fin de comprobar -¿tendremos esa suerte?- si hay agua.

Se puede quedar uno parado por unos instantes ante el espejo y decirse: Cuántas canas pueblan ya mi barba.

Se puede uno quedar sentado ante un plato en el cual destacan un pedazo de pescado infecto y una cucharada de arroz frío.

Se puede, sudando la gota gorda de debilidad y esfuerzo, caminar calle arriba por la Rua Luís de Camoes en dirección al aeropuerto o caminar calle abajo, hacia la bahía.

Pero eso no es todo, ¡ni mucho menos! También se puede ¡ir al cine! Sí, tal cual, porque aún tenemos cine, cierto que sólo uno, pero en cambio con pantalla panorámica y al aire libre y, por añadidura, gratuito. Ese cine se halla en el norte de la ciudad, cerca del frente. Su dueño ha huido a Lisboa, pero el operador se ha quedado, al igual que ha quedado la cinta de la famosa película erótica Emmanuelle. El operador no para de proyectarla, una y otra vez, sin descanso, gratis, entrada libre, todo el mundo puede verla, acuden en masa niños y soldados que han hecho una breve escapada del frente; el cine siempre está lleno a rebosar y el bullicio se convierte en un estruendo de voces indescriptible. Con el fin de aumentar el efecto, el operador detiene la imagen en los momentos más picantes. La muchacha desnuda: stop. Él la posee en el avión: stop. Ella la posee junto al río: stop. La posee el viejo: stop. La posee el boxeador: stop. Cuando la posee en una postura rebuscada, el aforo estalla en risas y aplausos. Cuando la posee en una postura exageradamente refinada, el público se sume en un reflexivo silencio. Hay tanto bullicio rebosante de alegría que a duras penas se oyen los pesados y retumbantes ecos del fuego de artillería procedentes del frente cercano.

[…]

La atención del mundo entero se centra ahora en Angola, aquí París, allí Londres y más allá El Cairo y Tokio: todos hablan de Angola. El mundo contempla el gran espectáculo de lucha y muerte, cosas que le resultan difíciles de imaginar porque la imagen de la guerra es intransferible. No se puede transmitir ni con la pluma ni con la voz ni con la cámara. La guerra es una realidad sólo para aquéllos que están apresados en su interior, sangriento, sucio y repugnante. Para otros no es sino una página en un libro o unas imágenes en una pantalla; nada más. Manipulo los mandos de un transistor cuya potencia disminuye por momentos porque se están agotando las pilas, y soy consciente de que no conseguiré otras: todo oídos, escucho qué dicen las remotas emisoras. Hablan muchas voces, desplegando mil ideas y propuestas. ¿Qué hacer con Angola? Convocar una conferencia internacional. Enviar tropas de Naciones Unidas: que entren en el país y separen a las facciones que miden sus armas. ¿Enviar tropas? ¿Quién pagará semejante empresa? Al fin y al cabo, estamos en plena inflación. Que sólo vayan tropas negras y que lo paguen todo los árabes. Éstos no saben qué hacer con la cantidad de dinero que tienen. Lo mejor: exhortar a los angoleños a que se pongan de acuerdo. Que firmen un tratado de paz, que repartan cargos y carteras entre unos y otros y que acaben fundiéndose en un abrazo. Amenazarlos con cortarles las subvenciones si no se abrazan. Make love, not war.

[…]

La respuesta más real y sensata la proporciona Félix. Preguntado por la situación, contesta brevemente:

Confusão.

Confusão es la palabra clave, una palabra que lo sintetiza todo. En Angola, tiene un significado específico y, a decir verdad, es intraducible. Simplificando mucho, confusão quiere decir desorden, desbarajuste, estado de caos y anarquía. Se trata de una situación creada por las personas pero que, sin embargo, acaba por escaparse al control de esas personas, las cuales, finalmente, se convierten en sus víctimas. La confusão encierra cierto fatalismo. Uno quiere hacer algo pero todo se le escapa de entre las manos, quiere actuar pero hay una fuerza que lo paraliza, quiere crear algo pero lo que crea no es sino más confusão. Todo se confabula contra la persona y aun cuando ésta demuestre su mejor voluntad, a cada momento cae en la confusão. […] Las personas que se ven envueltas en la confusão no saben explicar lo que ocurre a su alrededor ni dentro de ellas mismas. Tampoco saben definir fehacientemente lo que la ha provocado en ese caso concreto. Existen portadores y sembradores de confusão; a éstos hay que rehuirlos, cosa harto difícil pues en realidad todos y cada uno de nosotros puede convertirse en un momento dado en causante de confusão, aun en contra de su propia voluntad. […] Todo aquel que haya comprendido el sentido de esta palabra ya lo sabe todo. A veces ocurre que la confusão se extiende sobre territorios muy vastos y se enseñorea de millones de personas. Entonces estalla una guerra. […] Al cabo de un tiempo, la confusão perderá fuerza, se debilitará y acabará por desaparecer. Salimos de ella agotados, aunque también contentos en cierto modo, satisfechos de haberla superado. Y volvemos a acumular energías para la siguiente confusão.

¿Cómo explicar todo esto a personas que llevan en Luanda varias horas apenas? Así que una vez más, como si no lo hubiesen oído bien, preguntan a Félix:

-¿Cuál es la situación?

Y Félix:

-Si ya lo acabo de decir: confusão.

[…]

En el puente sobre el Cunene que marca la frontera, el ministro de Defensa de la República, el ministro de Defensa de la República de Sudáfrica, Pieter Botha, asiste al desfile de sus tropas que regresan de la guerra. A pesar  de que los soldados atraviesan el puente en silencio, lo hacen en medio de mucha bulla, pues, en esos mismos momentos, destacamentos del FLNA y de UNITA que han acompañado hasta entonces a las unidades sudafricanas blancas se lanzan al agua en tropel para alcanzar a nado la orilla de Namibia. Muchos hombres mueren ahogados durante la travesía. Pero con la guerra  también ha terminado la democracia de las trincheras y vuelve a regir la ley de la segregación racial: el puente está reservado única y exclusivamente para los blancos.

Ryszard Kapuscinski: Un día más con vida (Anagrama)

Más obras del maestro Kapuscinski en Otra Forma de Mirar.

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Esta entrada fue publicada el julio 20, 2009 a las 10:20 pm. Se guardó como Lecturas, Narrativa y etiquetado como , , , , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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