Última sangre (Poesía 1968-2007)

De EL VELO EN EL ROSTRO DE AGAMENÓN

Un fragmento de EL JUGADOR DE DÁTILES:

Esto es así:
comprender que las fórmulas vacilan ante la regla
la matemática se incendia ante el derecho
lo abstracto teme la barbarie del fascista concreto.

EL LOBO EN LA CASA

El resplandor de la nieve. Los cedros como llamas azules.
La luna es un ojo de plata.

El crujir de los huesos del caminante. El rayo lejano.

Como una conversación apagada. El viento es la sábana fresca.

La lluvia instantánea. El tambor bien temperado. El saco.

Los ojos de lluvia dorada.
La luna y la nube. Su cara de plata un momento.

El sendero de piedra. El viento es la sábana húmeda.
El trueno lejano. Los pasos ligeros.

La nube empañando el espejo. Su cara de sangre.
El bosque es azul. El trueno al final del camino. El tambor.

La cabaña. El humo mojado. La luz entre los visillos.
El viento es el golpe. Los gritos. El alto.

El lobo de noche. El lobo en la puerta. El relámpago breve.
El dedo señala. El ojo perlado de lluvia.

Su cara de sangre en la puerta. Olor a madera quemada.
La lluvia deshace su velo. Disuelve la gasa en su cara.

La sangre. La lluvia en el cuello.

La persecución entre cedros azules. El pantalón de viento.
El cuchillo en la bolsa. La llaga de agua.

La luna es un ojo de sangre. Los cedros son llamas azules.
El lobo en el bosque. El trueno lejano.

El humo mojado en la casa. La sangre en la nieve.
La casa vacía.

El ojo perlado de lluvia. El viento es la sábana helada.
El cuchillo en la nieve.

De PASAR Y OCHO CANCIONES

¿Difieren quizás quienes temen la muerte
del niño perdido que ya no recuerda el sendero
que lleva de vuelta a a casa?

Pero ¡ay! que la vida del hombre es finita
y el saber es en cambio infinito
y el saber espolea la vida violentando ese límite puro
como necio jinete por cuya codicia revienta el corcel favorito.

O como ese niño que olvida el camino de vuelta a su casa
y sigue corriendo por calles oscuras, salvajes
hasta ir a morir entre extraños en tierra extranjera
roto el corazón y desesperado, sin que nadie sepa
de dónde ha venido ni si iba a algún lado.

De FARRA

XXX

Ahora soy una niña y estoy ante la mar,
de noche oigo los grillos, las gotas que del musgo
resbalan a la balsa. Descalza, en camisón,
camino hasta la cama de mi padre
porque una vez soñé que se moría. Las baldosas
son rasposas y rojas como lenguas de gato.

A tientas por la alcoba le escucho respirar,
huelo su aliento tibio al cogerle la mano.
“¿Qué haces aquí otra vez?”, me dice en un susurro.
“Acabarás un día despertando a tu madre.” Pero entonces
me toma entre sus brazos y sé que no he hecho nada.
“¿Te he salvado la vida?”, pregunto, y me acaricia.
Mañana, cuando sirvan la leche, el pan, la miel, la mermelada,
no diré nada, nada; porque él y yo sabemos una cosa
que nadie más sabrá.

La mañana es tan larga… El sol quema los hombros,
blanquea los erizos y los huesos de sepia.
Al entrar en el agua me enredo con las algas
resbaladizas, planas; flotan medusas viejas
medio deshilachadas, y recojo pechinas
que guardaré más tarde con los grandes botones
de jugar a la pulga, las monedas inglesas,
el hipocampo seco y el ojo de cristal.

Hoy comemos a solas, mi hermano y yo, ensalada
de atún, tomates, aceitunas, sardinas
con la piel despegada, sin cabeza. Cerezas,
albaricoques, uva negra y melón.

La tarde es un lagarto que se arrastra
con los ojos cerrados y media lengua fuera.
Las arañas se mecen en el seto de boj
como piedras preciosas en un esmalte verde.
Subida al limonero vigilo los visillos
del cuarto de mis padres que la brisa entreabrió.
Fulgen sobre la casa los azulejos rotos
y la tarde es inmensa.

En la acequia, en el lodo, cerca de los perales,
saltan las ranas hembras con racimos de huevos
pegados a las ancas. Bolitas opalinas
como los ojos de la pescadilla
que aplasto con los dedos, entre índice y pulgar.

Zumban los avisperos en la parra del pozo
y me acerco despacio extendiendo una mano.
Una vez me picaron y el Gabriel puso barro
mezclado con saliva en la ampolla escarlata;
una mancha marrón que llegada la noche
cayó en nubes de polvo y no dejó señal.
“Como nosotros”, dijo, y reía, reía.
Un murciélgao adorna la losa de la tarde
que muere en un zigzag.

Cenamos solos hoy, con la Paquita,
sopa de arroz, tortilla de patatas y sandía.
Paquita, muy morena, lleva unas arracadas
de color rojo, grandes; el color de su boca.
Me pone el camisón y me besa en la cara.
“¿Por qué lloras?”, pregunta. Luego apaga la luz.
Oigo cantar los sapos; la luna en los postigos
pinta rayas de cebra sobre la Anunciación.
Dentro de poco rato caminaré descalza
por las baldosas frías y le oiré respirar.

Le tomaré la mano, le salvaré la vida,
y mañana otra vez, y por siempre jamás.

Pero ya no, ya no. De nada serviría
levantarse a buscar por los pasillos
su cuerpo tibio y su mano caliente;
hace ya muchos años que el verano acabó.
Siento la sal secarse sobre mis pechos blancos
y en el sexo las algas alzarse como llamas.

Mis ojos han crecido, pero no quiero ver,
porque mis breves noches no son su noche eterna;
ya no tengo secretos, ya soy una mujer
y sigo ante la mar, de madrugada.

Félix de Azúa: Última sangre. Poesía 1968-2007 (Bruguera)

Esta entrada fue publicada el enero 29, 2009 a las 10:44 pm. Se guardó como Lecturas, Poesía y etiquetado como , , . Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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