Historia del Siglo XX

[…] Hubo que construir cada vez más la propia identidad sobre la base de insistir en la no identidad de los demás. De otra forma, ¿cómo podrían los skinheads neonazis alemanes, con indumentarias, peinados y gustos musicales propios de la cultura joven cosmopolita, establecer su "germanidad" esencial, sino apaleando a los turcos y albaneses locales? ¿Cómo, si no es eliminando a quienes no "pertenecen" al grupo, puede establecerse el carácter "esencialmente" croata o serbio de una región en la que, durante la mayor parte de su historia, han convivido como vecinos una variedad de etnias y de religiones? […] La tragedia de esta política de identidad excluyente, tanto si trataba de establecer un estado independiente como si no, era que posiblemente no podía funcionar. […] Incluso un mundo dividido en territorios étnicos teóricamente homogéneos mediante genocidios, expulsiones masivas y "limpiezas étnicas" volvería a diversificarse inevitablemente con los movimientos en masa de personas (trabajadores, turistas, hombres de negocios, técnicos) y de estilos y como consecuencia de los tentáculos de la economía global. […] Las políticas de identidad y los nacionalismos de fines del siglo XIX no eran, por tanto, programas, y menos aún programas eficiaces, para abordar los problemas de fines del siglo XX, sino más bien reacciones emocionales a estos problemas. Y así, a medida que el siglo marchaba hacia su término, la ausencia de mecanismos y de instituciones capaces de enfrentarse a estos problemas resultó cada vez más evidente. El estado-nación ya no era capaz de resolverlos. ¿Qué o quién lo sería?


[…] Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hacia el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso (Benjamin, 1990a, tesis 9 de Tesis de filosofía de la historia).


[…] "De aquí el auge de las nuevas ciudades-estado (Hong Kong, Singapur), entidades políticas que no se habían visto florecer desde la Edad Media, de zonas desérticas del golfo Pérsico que se convirtieron en participantes destacados en el mercado global de inversiones (Kuwait) y de los múltiples paraísos fiscales. La situación proporcionaría a los cada vez más numerosos movimientos étnicos del nacionalismo de finales del siglo XX argumentos poco convincentes en defensa de la viabilidad de la independencia de Córcega o de las islas Canarias; poco convincentes porque la única segregación que se lograría con la secesión sería la separación del estado nacional con el que estos territorios habían estado asociados con anterioridad. Económicamente, en cambiio, la separación los convertiría, con toda certeza, en mucho más dependientes de las entidades transnacionales cada vez más determinantesen estas cuestiones. El mundo más conveniente para los gigantes multinacionales es un mundo poblado por estados enanos o sin ningún estado.


[…] Los unía, por último, el elemento fundamental de sus vidas: la colectividad, el predominio del "nosotros" sobre el "yo". Lo que proporcionaba a los movimientos y partidos obreros su fuerza era la convicción justificada de los trabajadores de que la gente como ellos no podía mejorar su situación mediante la actuación individual, sino sólo mediante la actuación colectiva, preferiblemente a través de organizaciones, en programas de asistencia mutua, huelgas o votaciones, y a la vez, que el número y la peculiar situación de los trabajadores manuales asalariados ponía a su alcance la actuación colectiva. Allí donde los trabajadores veían vías de escape individual fuera de su clase, como en los Estados Unidos, su conciencia de clase, aunque no estuviera totalmente ausente, era un rasgo menos definitorio de su identidad. Pero el "nosotros" dominaba al "yo" no sólo por razones instrumentales, sino porque -con la importante y a menudo trágica excepción del ama de casa de clase trabajadora, prisionera tras las cuatro paredes de su casa- la vida de la clase trabajadora tenía que ser en gran parte pública, por culpa de lo inadecuado de los espacios privados. E incluso las amas de casa participaban en la vida pública del mercado, la calle y los parques vecinos. Los niños tenían que jugar en la calle o en el parque. Los jóvenes tenían que bailar y cortejarse en público. Los hombres hacían vida social en "locales públicos". Hasta la introducción de la radio, que transformó la vida de las mujeres de clase obrera dedicadas a sus labores en el período de entreguerras -y eso, sólo en unos cuantos países privilegiados-, todas las formas de entretenimiento, salvo las fiestas particulares, tenían que ser públicas, y en los países más pobres, incluso la televisión fue, al principio, algo que se veía en un bar. Desde los partidos de fútbol a los mítines políticos o las excursiones en días festivos, la vida era, en sus aspectos más placenteros, una experiencia colectiva. En muchísimos aspectos esta cohesión de la conciencia de la clase obrera culminó, en los antiguos países desarrollados, al término de la segunda guerra mundial.[…] La combinación del período de máxima expansión del siglo, del pleno empleo y de una sociedad de consumo auténticamente de masas transformó por completo la vida de la gente de la clase obrera de los países desarrollados, y siguió transformándola. […] La prosperidad y la privatización de la existencia separaron lo que la pobreza y el colectivismo de los espacios públicos habían unido.


[…] En Occidente, las décadas de revolución social habían creado un caos mucho mayor. Los extremos de esta disgregación son especialmente visibles en el discurso público ideológico del fin de siglo occidental, sobre todo en la clase de manifestaciones públicas que, si bien no tenían pretensión alguna de análisis en profundidad, se formulaban como creencias generalizadas. Pensemos, por ejemplo, en el argumento, habitual en determinado momento en los círculos feministas, de que el trabajo doméstico de las mujeres tenía que calcularse (y, cuando fuese necesario, pagarse) a precios de mercado, o la justificación de la reforma del aborto en pro de un abstracto "derecho a escoger" ilimitado del individuo (mujer). La influencia generalizada de la economía neoclásica, que en las sociedades occidentales secularizadas pasó a ocupar cada vez más el lugar reservado a la teología, y (a través de la hegemonía cultural de los Estados Unidos) la influencia de la ultraindividualista jurisprudencia norteamericana promovieron esta clase de retórica, que encontró su expresión política en la primera ministra británica Margaret Thatcher: "La sociedad no existe, sólo los individuos". Sin embargo, fueron los que fuesen los excesos de la teoría, la práctica era muchas veces igualmente extrema. En algún momento de los años setenta, los reformadores sociales de los países anglosajones, justamente escandalizados (al igual que los investigadores) por los efectos de la institucionalización sobre los enfermos mentales, promovieron con éxito una campaña para que al máximo número posible de éstos les permitieran abandonar su reclusión "para que puedan estar al cuidado de la comunidad". Pero en las ciudades de Occidente ya no había comunidades que cuidasen de ellos. No tenían parientes. Nadie les conocía. Lo único que había eran las calles de ciudades como Nueva York, que se llenaron de mendigos con bolsas de plástico y sin hogar que gesticulaban y hablaban solos. Si tenían suerte, buena o mala (dependía del punto de vista), acababan yendo de los hospitales que los habían echado a las cárceles que, en los Estados Unidos, se conviertieron en el principal receptáculo de los problemas sociales de la sociedad norteamericana, sobre todo de sus miembros de raza negra…


[…] El viejo vocabulario moral de derechos y deberes, obligaciones mutuas, pecado y virtud, sacrificio, conciencia, recompensas y sanciones, ya no podía traducirse al nuevo lenguaje de la gratificación deseada. Al no ser ya aceptadas estas prácticas e instituciones como parte del modo de ordenación social que unía a unos individuos con otros y garantizaba la cooperación y la reproducción de la sociedad, la mayor parte de su capacidad de estructuración de la vida social humana se desvaneció, y quedaron reducidas a simples expresiones de las preferencias individuales, y a la exigencia de que la ley reconociese la supremacía de estas preferencias. La incertidumbre y la imprevisibilidad se hicieron presentes. Las brújulas perdieron el norte, los mapas se volvieron inútiles. Todo esto se fue convirtiendo en algo cada vez más evidente en los países más desarrollados a partir de los años sesenta. Este individualismo encontró su plasmación ideológica en una serie de teorías, del liberalismo económico extremo al "posmodernismo" y similares, que se esforzaban por dejar de lado los problemas de juicio y de valores o, mejor dicho, por reducirlos al denominador común de la libertad ilimitada del individuo.


[…] durante las décadas de crisis las estructuras políticas de los países capitalistas democráticos, hasta entonces estables, empezaron a desmoronarse. Y las nuevas fuerzas políticas que mostraron un mayor potencial de crecimiento eran las que combinaban una demagogia populista con fuertes liderazgos personales y la hostilidad hacia los extranjeros. Los supervivientes de la era de entreguerras tenían razones para sentirse descorazonados.


[…] Vivimos en un mundo cautivo, desarraigado y transformado por el colosal proceso económico y técnico-científico del desarrollo del capitalismo que ha dominado los dos o tres siglos precedentes. Sabemos, o cuando menos resulta razonable suponer, que este proceso no se prolongará ad infinitum. El futuro no sólo no puede ser una prolongación del pasado, sino que hay síntomas externos e internos de que hemos alcanzado un punto de crisis histórica. Las fuerzas generadas por la economía técnico-científica son lo bastante poderosas como para destruir el medio ambiente, esto es, el fundamento material de la vida humana. Las propias estructuras de las sociedades humanas, incluyendo algunos de los fundamentos sociales de la economía capitalista, están en situación de ser destruidas por la erosión de nuestra herencia del pasado. Nuestro mundo corre riesgo a la vez de explosión y de implosión, y debe cambiar.No sabemos a dónde vamos, sino tan sólo que la historia nos ha llevado hasta este punto y -si los lectores comparten el planteamiento de este libro- por qué. Sin embargo, una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases, fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad.

 

Eric Hobsbawn: Historia del Siglo XX (Crítica)

Esta entrada se publicó el abril 27, 2006 en 9:54 pm y se archivó dentro de Ensayo, Lecturas. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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